Jornada 17

Woman with curly hair in green shirt applying skincare in bathroom mirror

Estaba buscando en internet imágenes de soldados de la antigua Roma, para poder ilustrar la Jornada 16, y resulta que no encontré ninguna, ni medianamente parecida.

Roman legionaries in armor holding large red shields with golden wings, forming a testudo formation.

En casi todas aparecen soldados con petos metálicos, penachos rojos en los cascos, o enormes escudos cuadrados. Pero en mi visión de aquella vida como Soldado Romano, nuestra vestimenta era mucho más sencilla.

Es posible que con el pasar de los siglos se llegara a todo eso, pero en «mi época» los soldados llevábamos una especie de calzón y una camisa larga sin manga, y sobre ésta, el peto de cuero que se sujetaba con correas sobre los hombros y a la espalda. Ese armazón acababa en una especie de faldita de tiras que caían sobre la camisa. Y las piernas, siempre al aire.

Extend right instep strap to sandal tip

Sí que llevábamos muñequeras, también de cuero, y espinilleras, que era otra pieza ancha de cuero que nacía de la sandalia, llegaba hasta debajo de la rodilla, y se sujetaba con más correas o tiras cruzadas, anudadas a la pantorrilla. Y para que las sandalias no nos hicieran rozaduras con las largas caminatas, llevábamos calcetines altos.

Nosotros, los soldados, no llevábamos protección en la cabeza (o al menos no lo recuerdo), pero los altos mandos militares, sí podían llevar cascos metálicos. Igual que las capas rojas, símbolos del rango superior.

A veces, también podíamos usar un protector enterizo para el brazo de la espada, hecho a base de tiras de cuero engarzadas, pero era muy incómodo.

Y el escudo que yo recuerdo era grande, pero redondo. Con un pico metálico en el centro, y unos remaches que había que mantener lustrosos.

Nuestras armas eran una lanza de punta metálica, que hacía las veces de bastón en las caminatas; una espada larga, otra espada corta, y un puñal. Salvo la lanza, todas las demás iban en sus fundas (de metal o cuero), pegadas al cuerpo con cinchas y correas; y con fácil acceso, en caso de necesidad.

Algunos soldados de otras legiones llevaban arcos y flechas en lugar de las lanzas y las espadas largas. Y cada arma tenía su nombre, que no he logrado recordar.

La temperatura de Roma nos permitía ir casi todo el año con las piernas y los brazos al descubierto, luciendo músculo.

Roman legionnaires wearing helmets and tunics practicing combat with wooden swords and shields in an amphitheater

Cuando no estábamos en combate, estábamos entrenando. No había mucho tiempo de descanso. Y cuando teníamos un permiso de 10 ó 15 días, aprovechábamos para ir a visitar a la familia.

Me consta que en aquella vida como soldado, me gustaban las mujeres. Pero desde que entré en Roma, la posibilidad de mantener una relación medianamente decente, se esfumó. Supongo que, como el resto de mis compañeros, teníamos nuestros escarceos amorosos, y nuestras chicas favoritas. Pero era casi imposible crear una familia para los soldados rasos.

Además, prácticamente todo mi sueldo lo cobraban mis padres, así que yo vivía, comía y dormía en los cuarteles.

Roman soldier in leather armor leaning on post with shield and spear near wooden fort

En definitiva, ser Soldado de Roma, no era ninguna ganga, salvo por el prestigio.

EL VALOR DE LA EXPERIENCIA

Todas estas sensaciones las recordé en la sesión que me hizo la compañera de curso en 2016. Es mucho más lo que se siente, que lo que se cuenta. Es normal. Incluso en días posteriores a una regresión, en sueños, se pueden ir ampliando datos y escenas. Y a veces, algunas de ellas, incluso, pueden ser comprobables.

Pero hace unos días me preguntó una chica por Facebook: «¿Y de qué te sirve recordar tantas vidas pasadas?». Y yo le respondí: «Pues… de entrada, para tomar conciencia. Para ponerlo todo en perspectiva. Para relativizar los sucesos que van ocurriendo, y para agradecer que ya no tengo que volver a pasar por lo mismo. Por ejemplo».

Y es cierto.

Recordar tantas vidas anteriores mías me da la capacidad de ponerme fácilmente en el lugar de la persona o el paciente que me cuenta su conflicto. Es como preguntarle al más anciano de la tribu. Su valor no viene solo de los muchos años vividos (que también), sino de su capacidad para recordar las historias, anécdotas e hitos que se contaban de sus ancestros. Toda esa sabiduría acumulada…

Recuerdo los errores del pasado, y pienso: «Si volviera a pasar por esta misma situación, actuaría de forma diferente. Lo haría de esta otra manera». Y entonces recuerdo una vida anterior, donde, ante esa misma situación, actué de forma diferente y también resultó ser un error.

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Yo, hablando conmigo misma. O con la versión sabia de mí misma: mi Yo Superior.

Y continúo con mi diálogo interno: «No lo entiendo. ¿Cuál es la manera correcta, entonces, de actuar ante tal evento? Me siento como si estuviera reviviendo El Día de la Marmota». Y la respuesta de mi Yo Superior es: «Todas son correctas. No existen los errores. Todo depende de la lección que tengas que aprender en cada momento, o en cada vida».

Vale… entonces, ¿por qué nos castigamos? ¿Por qué nos sentimos culpables? La respuesta: «Para aprender que la culpa es la más inútil y estéril de todos los sentimientos».

Genial. ¿Y cuántas vidas necesitamos para aprender esa puñetera lección? «Las que sean necesarias. No hay límite».

Así que ahí queda eso. Para quien le pueda servir en este preciso momento de la vida. A veces tomamos decisiones acertadas y nos hacen felices, y otras, no tan acertadas, que nos hacen sentir desdichados. Pero no pasa nada. No te culpes. Todo es correcto. Todo son lecciones. No te castigues. Solo, aprende.

Como siempre, gracias y saludos,

Natividad Castejón

Publicado por Natividad Castejón

Nací en Barcelona en 1966, y con 26 años me mudé a Málaga. Aunque la mayor parte de mi vida profesional se ha desarrollado dentro del ámbito bancario, a los 37 años descubrí el mundo de la hipnosis que tanto me había fascinado desde pequeña. Así que en un momento determinado de mi vida, decidí dar el salto. Desde entonces he podido atender y ayudar a cientos de pacientes. También he escrito varios artículos que publico en un periódico digital local, fruto de mis experiencias con las sesiones, o bien de mi propio crecimiento personal. A través de esta página me gustaría llegar a más personas, y mandarles desde aquí un mensaje de esperanza, ya que las soluciones a esos problemas que ahora nos agobian, existen; y en la inmensa mayoría de las ocasiones se trata únicamente de TOMAR DECISIONES, por muy duras que parezcan en un principio. Gracias por estar ahí.

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