Aviso de la extensión de esta jornada y os doy mi permiso para leerla en 2 veces, si es necesario. Pero no os acostumbréis, que estas cosas son mejor del tirón, como la cera.
En la Jornada 13 de este blog (que ya va para best-seller) expliqué una vida anterior que vi en 2 tandas, la primera en una meditación guiada en 2005, y la 2a parte más recientemente, hace un par de años. Con eso se completó el proceso.

Pues hoy quiero contar otra de esas vidas que he descubierto en 2 tandas. La primera, en aquella misma meditación guiada en 2005 (que dio para mucho), y la otra en el verano de 2016, cuando hice otro curso de Hipnosis y Terapia Regresiva con otro gran maestro, Salvador Vaamonde, en el centro de mi amiga y terapeuta Mariló.
Para los que no hayan leído la Jornada 13, explicaré que aquella meditación (que yo misma he guiado en otras ocasiones) trataba de llevarnos a 5 vidas anteriores, enclavadas en 5 épocas muy concretas de la historia del planeta. La primera fue la prehistoria… y salió lo que salió: la vida del pequeño simio.
Esta visión me dejó tan afectada emocionalmente, que por un momento dudé si continuar con el resto de las etapas. Pero finalmente decidí echar un vistazo.En la segunda escala, la profesora nos llevó a la época contemporánea de Jesucristo. Y lo que vi en los 5 ó 6 minutos que nos dejaba para cada etapa, es lo que voy a contar a continuación.
EL SOLDADO PIADOSO
Yo tenía unos 32 años, y era Soldado de Roma. Me encontraba en medio de una gran fiesta de despedida, pues al día siguiente partíamos hacia la guerra. Una más.

Mis compañeros reían y bebían vino como si no hubiera un mañana, bromeando y jugando con algunas meretrices. Debía ser al atardecer, porque aún había luz solar, y el lugar era como un gran patio con techo y rodeado de columnas.
Las carcajadas y algún instrumento de cuerda inundaban mis oídos. Había varios fuegos encendidos, en grandes platos metálicos, similares a palanganas, en previsión de que se nos hiciera de noche durante la fiesta.
Los soldados se repartían aleatoriamente por los divanes, las mesas con buffet y las alfombras repletas de cojines.
Mi cuerpo, como el de mis compañeros, estaba marcado por las cicatrices de otras ofensivas, pero nos manteníamos en forma y bien musculados. Éramos algo así como un grupo de élite: «Los Hombres del General Marco». Un orgullo para Roma y para nuestras familias. Ser Soldado de Roma era un status social muy imortante, y nuestras familias vivían muy bien con nuestros salarios.
Sin embargo, yo me veía fuera de escena. Como si no me apeteciera nada formar parte de todo eso. Ni el status, ni la fiesta, ni el vino, ni la abundancia de comida, ni la musica, ni las mujeres me decían nada. Y mucho menos la perpectiva de partir de nuevo hacia la guerra.
Recordaba perfectamente la ilusión con la que llegué a Roma, con unos 16 ó 17 años, para formarme como soldado con el General Marco: un tipo moreno, no muy alto, pero todo fibra, que era capaz de tirarte al suelo de un bofetón. Todos queríamos ser como él. Mis 2 hermanos mayores ya habían sido Soldados de Roma, y a mí me tocaba «por herencia». El mayor de ellos, ya fallecido en combate, era el orgullo de mis padres. Y yo intentaba parecerme a él, sin conseguirlo.
Recordaba también horas y horas de entrenamiento con espadas y escudos de madera, machacados por el uso. Pero la guerra no iba conmigo. Matar a diestro y siniestro por orden de la ambiciosa Roma, era mi oficio, pero no mi vocación. Por ello, procuraba no matar al enemigo, solo dejarlo bastante inservible. Esto, por lo visto, era un problema, pues otro soldado tenía que ir rematando a los rivales que yo dejaba vivos, porque «Roma no hacía prisioneros». Eran caros de mantener. Solo en contadas ocasiones se perdonaba alguna vida, y era para acabar como exclavos de algún rico senador o mercader.
Me retiré pronto a dormir, en una especie de jergón en una sala grande, donde acabaríamos todos tras la fiesta.

Pero en mitad de la noche, alguien me cogió desde atrás por el pelo y me levantó la cabeza. Al sentir el tirón de pelo, me incorporé rápidamente, y a continuación, ese mismo alguien, me pasó un afilado cuchillo por la garganta. Sentí el filo metálico atravesar mi piel, mis músculos y tendones como si fueran de mantequilla. Un gran chorro de sangre salió expulsado de mi cuello hacia adelante, sin que yo pudiera emitir sonido alguno, y luego sentí esa misma sangre correr cálida sobre mi pecho. Caí de nuevo en el jergón chorreando sangre. Fin.
La sensación, contra todo pronóstico, fue de alivio. Se acabó. Ya no tenía que matar a nadie más. Ya no tenía que seguir fingiendo. Solo eché en falta saber quién lo había hecho, para poder darle las gracias. Pero desde mi más pura esencia, le agradecía profundamente que me hubiera liberado de aquel despropósito de vida.
Supuse que al día siguiente el resto de los soldados montarían un escándalo al ver a uno de los suyos asesinado en su jergón. Y también supuse que ninguno de ellos se imaginaría el gozo con el que acepté ese final.
Esto fue lo que vi y sentí en el escaso tiempo que duró la visión. Y me quedé muy extrañada de que esta repentina y trágica muerte no me afectara ni la mitad que la vida del pobre simio. Me quedé realmente satisfecha con este final, y saqué la conclusión de que la naturaleza del alma no cambia mucho, pues ya en aquella época, yo me sentía pacifista, aunque para Roma esa idea fuera aberrante y hasta ofensiva.
Y en el verano de 2016, el nuevo profesor de Hipnosis y Terapia Regresiva, Salvador Vaamonde, nos explicaba cómo vio él una vida anterior suya, a modo de introducción del curso. Sus palabras fueron más o menos las siguientes:
– Yo era un General romano. Recordaba perfectamente haber participado en la Guerra de las Galias, y que Julio César era el César de Roma en aquella época. (Yo pensé: «Vaya… otro Soldado de Roma»). Pero en un momento determinado, durante uno de los viajes del César, el Senado me mandó llamar y me pidieron (o más bien me ordenaron) que lo asesinara, «porque se había convertido un problema para Roma».

«Yo les dije que no estaba dispuesto a llevar a cabo semejante infamia, porque yo había jurado mi lealtad ante el César, y por nada del mundo iba a traicionar ese juramento. Ellos me amenazaron y me avisaron que me atuviera a las consecuencias.
«Debieron pensar que me iba a ir de la lengua o que pondría sobre aviso al César de las intenciones del Senado, porque un día después, me capturaron y me metieron en una mazmorra del Coliseo¹. Allí, uno de los Senadores, me dio una última oportunidad para aceptar la orden. Cuando el César salía de viaje, el poder recaía en el Senado, por lo que no acatar una orden era considerado rebeldía, y en ese caso, tenían poder para juzgarme y condenarme. Me volví a negar alegando de nuevo mi juramento de obediencia.
«Al día siguiente, mis hombres se despedían de mí haciéndome un pasillo en los sótanos del propio Coliseo¹, mientras otros soldados me conducían encadenado hasta la arena. Mis hombres, con el brazo cruzado sobre el pecho a modo de saludo a un superior, bajaban la mirada a mi paso, como diciéndome: «Lo siento. No podemos hacer nada. Intentarlo sería correr tu misma suerte».
«Me quitaron las cadenas de las muñecas, y me lanzaron a la arena, cerrando el portalón detrás de mí. Las gradas estaban completamente vacías. Yo grité: «¡Cabrones! ¡Dadme una espada y un escudo para defenderme!». Pero no me hicieron ningún caso.
«Yo sabía que si me hubieran dado siquiera un escudo, me hubiera podido salvar, pero me dejaron a cuerpo. Pensé: «No pasa nada. Cuando se acerque el león, le pego un puñetazo entre los ojos, y lo dejo KO».

«Pero cuando vi acercarse semejante león, con aquella cabeza tan enorme, tan alto casi como yo y rugiendo con aquella boca tan grande… supe que no tenía nada que hacer. En el momento en que se acercó me dio un zarpazo en el costado derecho, que de pronto me vi respirando aire a través de las costillas. Y a continuación se avalanzó sobre mí, y todo se quedó en negro.
«Fue una sensación de indefensión total, que era justo lo que pretendían los Senadores. Después de la decisión que habían tomado, evidentemente, no podían quedar testigos. O estaba con ellos, o estaba contra ellos. Y yo elegí mi bando y las consecuencias.
Todos escuchábamos la historia con la boca y los ojos abiertos, porque era mejor que una película de romanos.
Aquella noche, cuando llegué a casa, pensé que quizás podría encontrar alguna información en Google. De un soldado raso, era poco probable que se dijera nada, pero del «General Marco» que yo recordaba desde 2005, puede que sí. Tampoco esperaba que la historia de Salvador y la mía hubieran coincidido en el tiempo, pues la época del Imperio Romano duró más de 1.200 años, y era muy poco probable.
Pero al pedirle al buscador: «general Marco antigua Roma», esto fue lo que salió:

Sí hubo un General Marco, además durante la época de Julio Cesar, además luchó en la Guerra de las Galias, y para colmo, se conocía su año de nacimiento, pero no el de fallecimiento, puesto que había sido víctima de una conspiración infame y secreta.
Así que allí estábamos de nuevo: mi General Marco y yo, pero esta vez como profesor y alumna. No le dije nada.
Y al llevar a cabo las prácticas de este curso, fue cuando salió la otra parte de la vida del soldado romano.
Salvador nos puso por parejas, y nos repartimos por las diferentes salas del centro. Yo me ofrecí como paciente primero, y mi compañera me hizo unos pases de hipnosis antes de preguntarme:
– ¿Dónde estás?
– Soy un niño. Tengo unos 5 años. Y soy muy, muy feliz.
– ¿Dónde vives?
– En un pueblecito de Italia. A 2 días a caballo de Roma.
– ¿Y con quién vives? -volvió a preguntar.
– Con mis padres. Yo ayudo a papá. Vamos por los caminos de los pueblos con 3 borriquillos, vendiendo vino y aceite que van en cántaras de barro. Papá grita: «¡Acetto e aqua!», y a continuación grito yo también, con vocecita de niño: «¡Acetto e aqua!». (Esto lo veía con una claridad increíble, la voz de papá y la mía, llena de alborozo y alegría, sentado casi en el cuello del primer borrico, delante de papá).

«Por los caminos nos encontramos a los labriegos en los campos, y se acercan a beber agua de un jarrito, a cambio de unas monedas. Todos nos conocen. Papá es muy conocido y querido en los pueblos. Y yo también. En las cántaras llevamos agua, sobre todo; y además vino, aceite y vinagre. Soy muy feliz trabajando con papá.
«Pero hoy es un día muy especial, porque llegan mis hermanos. (De repente me vi haciendo de pelota que mis hermanos mayores se tiraban el uno al otro con cuidado, mientras yo me moría de la risa saltando de unos brazos a otros). Yo quiero mucho a mis hermanos, pero hace tiempo que no los veo. Hoy vuelven de Roma. Ellos son Soldados de Roma. (Y aquí es donde me di cuenta de que era el principio de aquella misma vida que vi en 2005). Dios mío, ya sé dónde estoy…
– ¿Qué ha ocurrido? -me preguntó la compañera, extrañada por el comentario.
– Nada. Que ya sé cómo termina esta vida. Pero quiero continuar, porque ahora soy inmensamente feliz.
– Vale, pues sigue un poquito más adelante.
Las imágenes se formaron rápidamente.
– Vale. Ahora tengo 15 años. Yo me encargo ahora de ir por los caminos. Papá enfermó cuando supimos de la muerte de mi hermano mayor, y ya no tiene fuerzas para dominar los animales. Pero yo sí. Soy alto y bastante guapote. Ahora llevo 7 borricos. El negocio va nuy bien. Me siento muy orgulloso.
«Me veo entrando en la plaza de un pueblo con la recua de borricos, y con el mismo grito: «¡Acetto e aqua!». Mi voz ha cambiado. Ahora suena más varonil. En la parte alta de la plaza hay una pila grande con varios caños de agua, unos hacia adentro, y otros hacia afuera, que sirve de lavadero y de abrevadero a la vez. Tiene un techado de cañizo, y allí se reúnen las muchachas a lavar la ropa.

«Cuando me ven entrar en la plaza comienzan las risitas y los cuchicheos. Y yo pienso: «Las tengo a todas en el bote. Están locas por mí». (En ese momento suelto una gran carcajada, porque con mi mentalidad de mujer esa escena hubiera significado: «Seguro que me están poniendo verde». Pero la mentalidad de un hombre es totalmente diferente, y ese jovencito italiano estaba muy seguro de sí mismo y de sus encantos). Me acerco con los burros al abrevadero y las saludo con una sonrisa burlona: «Buenos días, señoritas. Ahora sí que ha salido el sol», les digo mientras me mojo la cara y la camisa. Y ellas estallan en carcajadas. La mayoría son muy jóvenes, pero también hay alguna treintañera. Esas son las mejores. No tienen tantos remilgos. (Yo me muero de la risa observando los pensamientos indecentes de este guaperas). Alguna vez le he dado un tortazo en el culo a una chica, o le he robado un beso en un descuido. Y ellas siempre responden con un sonoro bofetón y un «¡Fresco!». Pero merece la pena. En cuanto pueda, lo vuelvo a intentar. En el fondo sé que les gusta.
En ese momento escucho la puerta. El maestro ha entrado para ver cómo llevamos la sesión o si la compañera necesita ayuda. Pero aquí está todo bajo control, y llevamos un rato llorando de la risa. Aún así, se queda un ratito para observar.
– Muy bien. Sigue un poquito más adelante -me saca la compañera de mi ensueño libidinoso.
– Sí. Llego a Roma. Es imponente.
– ¿Cuántos años tienes ahora?
– 16. Casi 17. La misma edad a la que mis hermanos se formaron como soldados. Tengo que preguntar por el General Marco. Todo el mundo en Roma lo conoce.
Salvador salió de la sala al ver que todo iba bien, pero con la idea de volver, puesto que esta vida como soldado de Roma le parecía muy interesante.
– Me veo en un patio grande, junto con otros muchachos de mi misma edad. Dejar a mis padres ha sido muy difícil, porque ya están muy mayores. Pero con mi paga de Soldado podrán vivir mejor. El General Marco se dirige a nosotros con una voz estruendosa, para explicarnos cómo es la vida en el cuartel, y lo que se espera de nosotros. Lo que está permitido y lo que no. Su sola presencia da miedo. Y su voz hace que a alguno le flaquéen las piernas.

«Después de eso, meses y meses recluídos, solo de duro entrenamiento. Con el paso del tiempo muchos se van. No aguantan el ritmo. Pero de mí se espera mucho y yo intento estar a la altura de mis hermanos. Para mis padres es un orgullo darle a Roma 3 soldados.
«Un año después llega la primera campaña. Al principio no entramos en combate. Solo hacemos labores de soporte a los verdaderos soldados. Mantener las armas bien afiladas o estar pendientes de lo que necesiten, incluso trabajos de enfermería.
«Pero cuando llega la guerra de verdad, yo no puedo. No puedo, sencillamente, hundir mi espada en el cuerpo de otro hombre y ver en sus ojos cómo se le va la vida. Y aún así, lo hago varias veces, para salvar mi propia vida o la de algún compañero. En lugar de sentirme poderoso, me siento miserable. Como si pudiera jugar a ser un Dios, y decidir quién vive y quién no.
«Cuando termina la primera batalla, y baja la adrenalina, vomito. Como muchos compañeros. El General Marco viene a darnos una palmadita en la espalda y decirnos que lo hemos hecho muy bien. Yo apenas tengo 18 años, y los gritos, olores y lamentos del campamento se quedan grabados en mi cabeza. Mi cuerpo sangra por algunas heridas poco importantes. No era lo que me esperaba. No sirvo para esto.
«Pienso en mis hermanos, pasando por esa misma prueba. ¿Cómo lo hicieron? Me cuesta creerlo. Desearía no tener que volver a pasar por aquello nunca más. Pero es imposible. Hablo de mis sensaciones con un compañero que es como un hermano para mí, pero no lo entiende. Él no ha sentido nada parecido. Le pido que me guarde el secreto. Él es el que va terminando mis faenas a medias. Pero el General Marco es muy listo, y no se le escapa la situación.
«Unos años más tarde, durante el cuerpo a cuerpo de otra gran batalla, me apuñalan por la espalda y yo caigo al suelo. Allí, bocabajo, me apuñalan de nuevo en el hombro derecho. Yo no me muevo. Finjo estar muerto. Varias horas después, con fiebre, el torso vendado y el brazo en cabestrillo, el General Marco entra en la «enfermería».
– He visto lo que ha pasado. Y solo te digo una cosa, hijo: vigila tu retaguardia.
(En aquella vida sentí que me estaba protegiendo. Pero ahora, durante la sesión, veo claramente que fue una amenaza. Él fue quien me apuñaló, a modo de advertencia. Pudo haberme matado, y no lo hizo. Solo me dejó malherido. Y tiempo después, cumplió su amenaza. Mi delito fue mostrar compasión ante el enemigo. Un gesto imperdonable para un Soldado de Roma).
Me desperté con un sobresalto. Ya tenía a mi «ángel guardián», aunque sus intenciones fueran otras.
Salí de la sala mareada, pero con el firme propósito de darle las gracias a Salvador. Me lo encontré en el pasillo, con otros compañeros. Aunque quiso volver a nuestra sesión, no pudo.
– ¿Qué, soldado? ¿Cómo ha ido la sesión? -me preguntó con sorna.
– Muy bien. Tú me quitaste la vida -abrió unos ojos como platos-. Y quería aprovechar para darte las gracias, porque no sé si en alguna otra vida volveré a tener la oportunidad.
La compañera que me había hecho la sesión sonreía, observando lo trascendental de aquel momento para mí. Pero los otros compañeros se acercaban con cara de «¿qué ha pasado?».
Salvador, con las manos en el pecho y el sopetón de la noticia, se disculpó.
– A ver… yo no recuerdo nada, pero si tú dices que te maté, pues habrá sido así. Te pido mil perdones.
– No, no… No lo has entendido -le explico-. Fue el mayor regalo que pudiste hacerme, aún sin saberlo. Yo ya no podía más. Cuando sentí que me cortaban el cuello, mi única pena era no saber quién había sido, para poder darle las gracias. Y ahora que lo sé, me alegra poder hacerlo. Por eso… Gracias, mi General.

Y crucé el brazo derecho sobre mi pecho, bajando la cabeza, a modo de saludo a un superior.
Y así, señores, completé el ciclo.
Desde aquí quiero saludar muy cariñosamente a mi Maestro en esta vida, Salvador Vaamonde, por el amor puesto en todo el curso de aquel verano de 2016. Deseo que todos tus mágicos proyectos se hagan realidad, como VIA AD NATURA. No dejes nunca de soñar.
Nada más, saludos a todos mis lectores. Gracias por estar ahí,
Natividad Castejón
¹ Hoy sé que no era el famoso Coliseo de Roma, sino, más probablemente, el Circus Máximus. Al Coliseo aún le quedaban unos 100 años para construirse.