Aviso:
Esta nueva vida que voy a explicar, y sobre todo el momento de la muerte, NO son para personas sensibles. Avisados estáis.
Veréis. Cuando conocí a mi amiga y terapeuta Mariló, en el año 2014, tenía un problema muy importante que necesitaba resolver. Desde pequeña, no soporto que me regañen o me llamen la atención, pues mientras lo hacen (madre, profesores, jefes, etc.), yo me bloqueo, no me salen las palabras (aunque supiera qué decir, que no es el caso), y no me puedo ni mover.
Siempre he descrito esa sensación como que «se me hiela la sangre en las venas». Lo paso fatal.
Esta dificultad en mi vida ha hecho que siempre me esmerara mucho en hacer las cosas bien, para intentar evitar, en la medida de lo posible, la consecuente regañina por mi ineptitud o mi mal comportamiento. Y aún así, he tenido que enfrentarlas. Evidentemente. Como todo el mundo, supongo.
Pero pasaban los años, y ese tema nunca se podía tratar.
Mariló (que sabe y ve de una mucho más de lo que una se imagina), cuando me veía entrar por la puerta, me decía:
– Cariño, esto va como va. Hay cosas que son mucho más urgentes-. Y añadía- La que manda aquí es tu Alma y ella dice que hoy toca otra cosa.
Así que esperé.
Y siempre surgía algo ciertamente más importante, pues yo ya había salido del banco, y las probabilidades de que un jefe o un cliente me «montaran un pollo» eran nulas.
Pero varios años después, haciendo intercambio de terapia con mi amiga Aurora, surgió la posibilidad de tocar el ansiado tema de mi bloqueo. Y esto fue lo que salió:
LA DÍSCOLA JOVENCITA
Después de una pequeña relajación, me preguntó dónde me encontraba.
Para los que no hayan leído las jornadas anteriores, os explicaré que la hipnosis es un estado intermedio entre la vigilia y el sueño, por lo que articular las palabras resulta difícil en general. No es mi caso. Yo hablo hasta por los codos, pero lo cuento todo con frases cortas.
– Estoy en un jardín. Debajo de un gran árbol. Hace calor.
– ¿Cuántos años tienes? -preguntó suavemente Aurora.
– No sé… 9 ó 10, creo. Llevo un vestido corto.
En ese momento me vi como una niña de clase alta, a finales del s.XIX. Llevaba un precioso vestido color crema, con puntillas en los filos. Unas medias de hilo blanco con agujeritos, y unos zapatos que parecían de charol negro con correíta. El cabello castaño lleno de tirabuzones recogido con dos coletas con lazos de color crema, como el vestido. Una niña bien. No tenía hermanos.
– Mamá está bajo el árbol también. Bordando en un bastidor. Sentada en un banco de piedra.
Me moví. Ahora la veía como si me encontrara en lo alto de la escalinata de entrada a una gran casa solariega de Inglaterra. Justo enfrente, cruzando el camino de tierra de la entrada, comenzaba una explanada verde, con árboles altos y un sauce llorón. Bajo éste había una mesa redonda de piedra, con algunas sillas blancas alrededor, y un par de bancos alargados también de piedra.
En uno de los bancos estaba sentada mamá, delgada, elegante, con un moño flojo, vestida de blanco, con manga larga (abullonada por el hombro y ceñida del codo a la muñeca), y bordando.
(Para los que vivimos en España, y sobre todo a los del sur, se nos hace muy difícil imaginar un verano con manga larga y buscando la caricia del sol. Pero allí era lo normal).
Salí de la penumbra del interior, a la escalinata de la entrada, dejando las puertas abiertas, y bajé los peldaños blancos con alegría para reunirme con esa mamá que bordaba a la sombra del sauce.
– Me gusta el sol en la cara. Pero mamá quiere que me ponga a la sombra, para que no me salgan pecas. Mamá es muy exigente con los modales y la buena educación. Espera que pueda hacer una buena boda.
(Aquí quiero hacer un pequeño inciso para explicar que cuando aparece una vida anterior en una sesión, nunca se sabe lo que va a salir. Es como la vida misma. Evidentemente, al tratarse de un bloqueo que aparece en un entorno de discusión o de llamada de atención, sabía que algo gordo tenía que ocurrir en algún momento. Solo esperaba que no fuera esa mamá, que parecía tan dócil, la que se transformara de Dr. Jekill a Mr. Hide).
– Papá trabaja en la ciudad. Tiene negocios importantes, como de importación y exportación de mercancías. Solo lo vemos los fines de semana. Tienen puestas sus esperanzas en mí, porque no tenemos título. Esperan que pueda casarme con un lord, y que nuestros negocios se puedan vincular así con la aristocracia. Yo soy una niña feliz.
– Sigue un poquito más adelante.
– Sí. Ahora tengo unos 15 años. Sigo vistiendo de corto. Pero me he enamorado del mozo de cuadras. (Pienso: «¡Qué típico!»). Es todo un hombre. Tiene 10 años más que yo. Un cuerpo muy bien formado, con espaldas anchas y musculoso. Para limpiar las caballerizas y cambiar la paja, se quita la camisa, y yo lo observo por una rendija. El sudor hace que su torso brille. Su cara también es agraciada. Con grandes patillas. No puedo imaginarme un hombre más guapo en el mundo. Intento pasar todo el tiempo que puedo montando a caballo o cepillándolo, solo para estar junto a él.
«Mamá no sospecha nada. Hay mucha tensión sexual entre nosotros. Y pocas semanas después me tumba sobre la paja, al atardecer. Es maravilloso. La vida es maravillosa. Nos encontramos cada tarde en las caballerizas, y me cuenta su visión de la vida entre caricias y suspiros. Deseo ser su novia oficialmente. Pero él me pide que guarde nuestros encuentros en secreto, por mi bien. Así lo hago.
«Una tarde de sábado papá me sigue a distancia y nos descubre. Creo que sospechaba algo. Se pone muy furioso. Monta un escándalo impresionante. Yo aún estaba vestida. Le grita al muchacho, llamándolo desagradecido e insensato. Lo amenaza con una pistola, y lo despide en ese momento, gritándole que si vuelve a verlo por allí, no dudará en dispararle. Y a mí me coge por el brazo llamándome mujerzuela desvergonzada, me arrastra hasta la casa, y me encierra con llave en mi habitación.
«Ha sido un golpe para la familia, y se monta un revuelo entre el servicio. Papá vuelve a la ciudad con la orden de no dejarme salir de la habitación hasta que él lo diga. Pero yo sé cómo salir de mi cuarto sin que me vean. Salgo y entro trepando por la celosía y el árbol frente a mi terraza. Me voy a buscarlo. Se ha ido. Yo tengo el corazón destrozado. No solo he perdido al amor de mi vida, sino que he defraudado a mis padres. Las señoritas de bien se mantienen puras para poder hacer una buena boda. Y yo ya no puedo.
«Papá culpa a mamá de no tenerme bien vigilada, y los gritos resuenan en toda la casa. No saben qué van a hacer. Ya no soy una buena inversión. Papá me llama furcia y mujerzuela, y lamenta la pérdida de tiempo y dinero en mi educación. Mamá llora pidiendo perdón. Ya no valgo nada. Y a nadie le importan mis sentimientos. Yo también lloro.
«Oficialnente no he vuelto a salir de casa, pero alguna noche me escapo y me voy a la cuadra, a visitar a mi caballo. El siguiente sábado, papá vuelve con una noticia. Me ha encontrado un esposo, con título. Un barón. Un hombre mayor que no ha tenido descendencia, y ha pedido una gran dote a cambio de casarse conmigo. Él sabe que no soy virgen, y no le importa. Lo único que quiere es perpetuar su título.
– ¿Y tú qué haces? -me pregunta Aurora.
– Lloro. Lloro durante días. Pero a nadie le importa. Me niego a comer, pero no sirve de nada. Como a escondidas, cuando me escapo a la cuadra. Me como las zanahorias y las manzanas de los caballos. Mi padre fija la boda para la semana siguiente, porque duda de si ya estaré embarazada. Mamá no vuelve a decir nada.
– ¿Y qué ocurre?
– Me caso. Me veo en una iglesia caminando al lado de un hombre viejo, delgado, feo y apestoso. El pelo grasiento bajo la chistera. No paro de llorar. Ha venido una de las sirvientas de la casa, la mujer que me cuidaba. Y es la única que me acompaña en mi llanto. Me han vestido con el vestido blanco de mi madre. Es la primera vez que me visto de largo, y no sé caminar. Me siento muy desgraciada. Y tengo claro que en cuanto pueda, me escaparé.

«Mi padre se despide de este hombre con un apretón de manos, y a mí no me dice ni adiós. Pero le avisa de que me mantenga controlada bajo llave, o me escaparé. Yo no paro de llorar, con las flores en las manos. Un llanto silencioso. Y a continuación nos montamos en un carruaje, y nos vamos. Otro carruaje lleva mis baúles.
«Varias horas después llegamos a su casa. Es más vieja, pero más imponente y grande que la nuestra. Ya está cayendo la tarde. Él ha roncado casi todo el camino. Pero al llegar lo esperan varias personas para festejar la boda. A mí me acompañan dos mujeres a la habitación y me cambian de ropa. La doncella joven me pone un camisón y se marcha sin decirme siquiera su nombre. Al salir cierra la puerta con llave. Yo corro a ver si puedo abrir, pero está cerrada y no quiero ponerme a gritar. Espero. Abajo se escuchan las risotadas y la música. Me siento en la banqueta del tocador y me pongo a investigar. A lo mejor encuentro otra llave. Pero no. Rebusco también en el escritorio, pero nada. Los cortinajes y la decoración son muy suntuosos. Hay una gran chimenea sin fuego.
«Estoy resignada. Mi esposo querrá yacer conmigo esta noche. Para eso se ha casado. Me muero de asco solo de pensarlo. Bien entrada la noche se van los últimos carruajes. La música hace rato que se acabó. Yo sigo esperando muerta de frío. Mi cuerpo tiembla del miedo y del frío. Sigo teniendo quince años y mi esposo casi cincuenta.
«Finalmente entra en la alcoba, y cierra con llave tras de sí. Lleva la misma ropa de la boda y el viaje, y una borrachera de las que hacen historia. Yo no sé qué decir. Él no dice nada. Se quita la chaqueta, la cuelga en un respaldo y se acerca. Pero al llegar, se desploma sobre mí y comienza a roncar al mismo tiempo.
– ¿Y tú qué haces?
– Pesa mucho. Pero lo hago rodar hacia un lado y salgo de debajo. Apesta como a ajo rancio, a sudor y a wisky. Me levanto, y reviso los bolsillos de la chaqueta. La llave no está. Debe llevarla encima. Espero un poco y comienzo a revisarle los bolsillos del pantalón y del chaleco. Encuentro la llave en el bolsillo izquierdo del chaleco, el contrario al del reloj de cadena.
– ¿Y qué haces a continuación? -me interroga Aurora en lo más interesante de la historia.
– Me escapo. Vuelvo a dejar la puerta cerrada, y bajo por las escaleras de madera, pegada a la pared. Voy descalza. Y peso tan poco, que los escalones ni crujen. Los sirvientes ya se han recogido. No conozco la casa, pero no será muy diferente de la mía. Imagino que las caballerizas estarán detrás. Salgo despacio y las busco a la luz de la luna. La casa es más grande de lo que me imaginaba, y tardo mucho en rodearla. Y las cuadras están lejos. Pero cojo un caballo negro, sin silla ni nada, y me voy todo lo rápido que puedo sin hacer ruído. Solo llevo el camisón.
«Cabalgo toda la noche y todo el día siguiente, parando cuando encontraba agua. Al anochecer llego a un pueblo costero que parece importante. Nunca había visto el mar. Entro a una especie de taberna, al lado de un embarcadero grande. Es un burdel. Las chicas se hacen cargo de mí. Me dan algo de comer y me esconden hasta el día siguiente. El caballo se va. Supongo que volverá solo a su establo. En el burdel siempre hay mucho escándalo y mucho ruído, pero poco a poco me voy adaptando a la vida allí.

«Las muchachas cogen infecciones muy a menudo. Y si se quedan embarazadas, trabajan hasta el día del parto. Yo no estaba embarazada al final. Un médico nos revisa un par de veces al año. Cuando dan a luz, alguien viene a recoger al bebé y se lo lleva. A veces los «venden» a gente pudiente. Otras veces aparecen flotando en el puerto. A nadie le importa mucho. En el burdel todo es música y alegría. Y wisky.
– Sigue un poquito más adelante, -me pide mi amiga.
– Vale… ahora soy yo la dueña del burdel. No sé cómo he acabado así. Tengo unos 35 años. Ahora las chicas, que son otras, tienen revisión del médico todos los meses. Toman un potingue amargo para no quedarse embarazadas. Y las que se quedan pueden elegir si prefieren mandar los bebés a casa de la familia, o si quieren venderlos o regalarlos. Es muy común. No es un tema importante.
«El ambiente está tenso. Parece que se avecina una guerra. Los hombres hablan mucho de política en el burdel. A nosotras nos da igual, mientras paguen. Se desahogan con nosotras, o si coinciden con otro caballero. Las chicas tienen sus clientes favoritos. Por lo general no dan mucho ruído. Los hombres beben mucho y se divierten oliendo escotes y toqueteando. Y cuando llega el momento de cumplir, terminan en seguida, o se quedan dormidos. Pero ahora hay mucha tensión en las conversaciones y en todas partes.
«Una tarde, un hombre con una cicatriz en la cara me paró cogiéndome del brazo. Me dijo: «Yo te conozco». Su mirada me traspasó el corazón. Yo me solté de su mano, y le dije: «Usted no me conoce de nada». Era el mozo de cuadras, el amor de mi vida de cuando tenía quince años. Sigue siendo alto y apuesto. Pero yo ya no soy aquella niña. Por el bien de ambos, espero que crea que se ha confundido.
«Poco después, una noche, se acerca un muchacho a avisar a un caballero. Lo están buscando. Su vida corre peligro y él se marcha a toda prisa. Es de los habituales. Un político importante de la ciudad. A la noche siguiente llega un barco. El capitán es un conocido pirata. Entran en el burdel preguntando por el caballero a gritos. Nos arrastran a todas afuera. Mide casi dos metros. Es como un gigante barbudo y apestoso. Algunas chicas lloran. Están quemando las casas, entre ellas, la taberna y el burdel. Sigue preguntando por el caballero. Lo llama «sabandija traidora». Yo tengo claro que no voy a decir nada, y las chicas tampoco. Aunque tienen mucho miedo y alguna puede cantar. Por suerte, el caballero les lleva un día de ventaja. Todo son gritos y llantos alrededor.

«En ese momento se acerca a mí, me coge por el cuello, y me levanta del suelo sin esfuerzo como medio metro. Grita: «¡POR ÚLTIMA VEZ! ¿DÓNDE SE ESCONDE ESE COBARDE?». Yo intento soltarme de su mano, que me está estrangulando. Pataleo, pero ni se inmuta. Las chicas gritan. Un par de ellas tienen también un cuchillo en el cuello. Y sin más, clava su espada curva en mi estómago, y noto la punta y su sabor metálico en la garganta. Grita: «¡SI ESTO ES LO QUE QUERÉIS, ESTO ES LO QUE TENDRÉIS!». Saca la espada y tira mi cuerpo a un lado, como un muñeco de trapo sin vida. Toda la ropa llena de sangre.
Justo en ese momento, me doy cuenta de que esa es, exactamente, la sensación que tengo cuando escucho los gritos. La garganta cerrada, la imposibilidad de huir o hablar, y la sangre deteniéndose como mi corazón. Y recuerdo a mi madre, gritándome, cuando yo tenía unos 4 años, y diciéndome: «¡Di algo! ¡No te quedes así, mirando como las locas!». Los gritos de mi madre me paralizaban, pero yo no podía explicárselo.
No son las broncas o las llamadas de atención, sino los gritos los que me bloquean.
Desperté de la sesión en ese momento. No pude ver a dónde iba mi Alma después, porque me quedé atascada recordando los gritos de mi madre, y mis lágrimas silenciosas.
La verdad es que no he tenido la oportunidad (gracias a Dios) de comprobar si los gritos me siguen bloqueando. Pero estoy segura de que mi actitud será totalmente diferente, y solo espero no quedarme petrificada la próxima vez.
Fue una sesión muy fructífera, a la vez que interesante, pues no me imaginaba que hubiera podido vivir una vida en un burdel. Creo que nunca me llegué a quedar embarazada. Pero en mi vida actual, los olores siguen siendo importantes.
Y sí. Fue una muerte horrible. Pero las he tenido peores. Esta, por lo menos, fue rápida. Y aunque me dejara un trauma grabado, pena 0 al dejar esa vida sin amor.
Mil gracias a mi amiga y terapeuta Aurora; y mis disculpas, si alguien ha llegado hasta aquí y se ha sentido muy afectado con el final. Hay que entender que eran otros tiempos, y las vidas no valían nada. Por si os sirve de consuelo, aquí estoy de nuevo, enfrentándome a mis miedos con la intención de integrarlos y dejarlos atrás. Pero lejos de Inglaterra… por si acaso.
Mis más cordiales y cariñosos saludos,
Natividad Castejón