Bien, pues aquí estoy otra vez para hacer algunas aclaraciones.
Las personas que hayan leído la Jornada 11, se habrán quedado un poco a medias, como me quedé yo en su día. Flipando, pero a medias.
Aquella sesión me dejó muy satisfecha en cuanto a respuestas a mi vacío existencial, pero también con más preguntas para responder.
Por ejemplo:
● ¿Nunca me preocupó mi familia originaria?
● ¿Por qué no quise entrar de nuevo en mi cuerpo cuando tuve la oportunidad?
● Si supuestamente aquella gente había intentado matarme, ¿cómo es que solo sentía amor por ellos?
● ¿Es posible «vivir» 208 años?
Bueno, pues hoy quiero dar respuesta a estas preguntas con el trabajo posterior que hice a la sesión.
En primer lugar, creo «recordar» que nunca sentí añoranza de Inglaterra. Supongo que veía poco a mi padre, y por lo visto tampoco tendría una gran relación con nadie más, puesto que de ser así, lo más normal hubiese sido sentir un intenso malestar o añoranza por no haber podido despedirme de mi familia. Lo sé porque lo he sentido en otras ocasiones.

También habría sido normal tener una sensación de amargura al imaginarme la reacción de mis seres queridos en el momento de conocer la fatal noticia de la matanza, y habría querido «ir» a confortarlos. Pero no. No tuve ninguna de esas sensaciones, y lo cierto es que no volví a acordarme de mi familia originaria. Curioso, ¿no?
En segundo lugar, el tema del cuerpo. Fue muy extraño que, una vez que salí de él (supongo que en el momento de caer fulminado por el veneno), nunca lo eché de menos. No anhelaba comer o dormir. Si acaso, alguna vez añoré no poder bailar como lo hacían ellos a la luz de la hoguera. Pero nada más. Me sentía pleno, satisfecho y (lo mejor) más vivo que nunca.
Claro que esa sí es la sensación normal después de dejar un cuerpo, e incluso se siente mucho más alivio si el cuerpo es viejo y está cargado de dolores. Pena cero.
Por poner un ejemplo, sería la misma pena que nos da a nosotros echar una muda al cesto de la ropa sucia, después de una semana con ella puesta. Exactamente lo mismo. Ninguna pena.
Y cuando mi cuerpo empezó a coger un colorcillo extraño, sentí más repulsión que ganas de volver a entrar ahí. No sentí que fuera necesario para poder continuar con ellos.
Lo que sí me llamaba mucho la atención era la habilidad que tenían los nativos para mantener mi cuerpo con vida durante unos 20 años más sin apenas comida, únicamente tomando líquidos o gachas.

Además, agradecí mucho la decisión de ocultarlo a la vista, pues yo mismo era el primero al que le producía repulsa continuar al lado de aquel muñeco oscuro.
Tercer punto. Después de conocerlos un poco más a fondo, supe que nos habían atacado con cervatanas y dardos envenenados. Pero por algún motivo yo no morí en el acto, y uno de ellos lo descubrió. Aún me pregunto cómo lo supo. ¿Me hizo esto especial ante sus ojos? Supongo que sí.
Con ese mismo veneno cazaban piezas grandes, monos, leopardos, etc. Creo que lo extraían de un tipo de rana o de pescado. No entiendo cómo «sobreviví». Creo que la toxina me dejó en un limbo entre la vida y la muerte, y lo aproveché para vivir de esa manera.
Pero yo soy un ser de Amor. He conocido seres de Paz, de Esperanza, de Abundancia, de Caos y de Terror. Yo soy de Amor. No sé lo que es el odio. No he sido capaz de sentirlo nunca, a pesar de tener a mi alrededor a personas que sí eran capaces de sentirlo profundamente, y de haber tenido motivos suficientes para odiar a más de un@.
Supongo que por ese motivo, y puesto que la naturaleza del alma no cambia mucho, los amé y los amo. Y doy Gracias al cielo por haber podido vivir esa experiencia tan especial.
Y por último, no puedo estar segura de que fueran 208 años realmente. Era un dato que me llegaba con mucha claridad, pero del que no tengo certeza alguna. Los nativos no medían el tiempo como nosotros, no llevaban la cuenta de los años, ni celebraban cumpleaños. Ellos celebraban la vida y los grandes acontecimientos. Y la muerte formaba parte de la vida, como irse cada noche a dormir.
Supongo que el no haber querido separarme de mi cuerpo ya seco durante tanto tiempo, se debía más a una cuestión de voluntad propia, que al mérito de los chamanes.
Estas son las reflexiones y conclusiones a las que pude llegar.
En esta ocasión no sé a dónde llegó mi alma después de esa experiencia de vida, porque la sesión acabó justo antes.
Es importante entender que al volver de una sesión así se siente mucha añoranza. Y cuando digo «mucha», digo MUCHA añoranza. En todas mis experiencias la he sentido.
Pero luego hay que volver.
Esas vidas tienen que quedar en el pasado, como cualquier otro recuerdo de la infancia, o de lo contrario podríamos volvernos locos, y no saber quiénes somos ahora.
Debemos entender que todas esas personas que fuimos en una ocasión, nos ayudaron a ser quienes realmente somos hoy. Que sentir añoranza es normal, pero hay que dejar el pasado en el pasado, sabiendo que toda esa experiencia nos enriquece y nada más.
Por suerte, las almas que fueron muy importantes para nosotros en una vida, nos siguen acompañando en esta, pues nos vamos reencarnando en grupos. No nos perdemos mucho tiempo de vista. Quien en una vida fue tu padre, en esta es (quizás) tu hermana. Y quien en otra vida fue tu mejor amiga, en esta es tu nieto. Siempre seguimos juntos.
Y lo más importante de todo es que el nexo de unión siempre será el Amor que nos tenemos.
¡Ah! Y para los que tengan curiosidad: buscando en internet las grandes hojas verdes que vi al principio de la sesión, las localicé bajo el nombre de Coccoloba Gigantifolia. Aquí os dejo una imagen para que entendáis mi desconcierto en 1700 y poco.

Gracias por estar ahí, os envío un cariñoso saludo,
Natividad Castejón