Soy una persona de palabra. Dije que iba a contar aquí algunas de mis experiencias de vidas pasadas, y aquí va otra.
Estoy segura de que con esta váis a flipar tanto como yo lo hice en su momento.
A los que no hayan leído las jornadas anteriores, os informo de que cuando una persona entra en hipnosis, se crea un estado de conciencia expandida. El cuerpo físico deja de percibirse, y las palabras salen con cuentagotas. Yo tengo suerte, pues ese estado no me limita, lo cuento todo, pero con frases cortas.
Os pongo en antecedentes: año 2016; duda existencial; no sé qué hacer con mi vida; hace más de 2 años que salí del banco, y las cosas no van como a mí me gustaría; a veces me siento como si estuviera sentada en un andén, esperando a que llegue el tren de mi vida; siento como que estoy en «stand by», y es una sensación que me angustia mucho. Acudo a la consulta de mi amiga y terapeuta Mariló. Saludos, Mariló.
Sus palabras:
– Hoy nos vamos a divertir- intenta animarme con una sonrisa mientras me pone las agujas de acupuntura en la oreja derecha y ésta empieza a palpitar.
Cuando me dice «Hoy nos vamos a divertir», en realidad significa «Prepárate porque hoy vas a llorar de lo lindo». La temo. Pero estoy segura de que ella de verdad se divierte. Y también sé que la sesión me ayudará a crecer.
Música suave. Luz ténue.
Dhamburu
– Respira profundamente un par de veces, y dime lo primero que «veas»- me insta.
Con los ojos cerrados y mi oreja derecha pidiendo auxilio, vislumbro algo.
– Una hoja verde- respondo-. Una gran hoja verde.

– ¿Cómo es esa hoja verde? ¿Por qué es especial?
– No sé. Es enorme. Es de la selva. Hay muchas. El sol se transparenta entre ellas. Y el tono de verde es precioso. Nunca me había fijado en lo bonito que es el color verde. Se respira paz.
– ¿Y tú dónde estás?
– Tumbada en el suelo. Tumbado. Soy un hombre. No, un muchacho. Tengo 19 años. Soy alto. Y estoy pasando mucha calor en este viaje. No estaba preparado. Estoy sudando.

«Alguien se asoma desde arriba. Se pone delante de las hojas y mira hacia abajo, hacia mí. Es un indígena. Un hombre con piel anaranjada, con un palillo que le atraviesa la nariz y el pelo negro cortado a tazón, en redondo con flequillo. Me sonríe. Le faltan dientes, pero es una sonrisa amable. Tiene tatuajes en la cara. Me resulta muy exótico, y le sonrío también.
– ¿Qué hacías tú en la selva?- indaga Mariló.
Y en ese momento me llega toda la información de golpe.
– Vaya… me parece que estoy en peligro… Veníamos en un barco. Soy británico. Mi padre es naviero. Él no quería que yo viniese. Decía que era peligroso, pero yo insistí. Estamos en la costa de Brasil. Viajo con varios investigadores y cartógrafos. Estamos dibujando las cartas de navegación de esta zona, y recogiendo información sobre la flora y la fauna propias del sitio.
– ¿Y qué ha pasado?
– Habíamos bajado del barco. Unos 11 hombres. Hemos instalado una especie de campamento en un claro, cerca de la playa. Nos disponíamos a preparar la cena, pero nos han debido de atacar en silencio. Yo noté una punzada en el cuello y caí desplomado.
– ¿En qué año estamos?
– No lo veo bien. 1700 y poco.
– ¿Qué más ocurre?
– Me veo… A ver… Me han atado los pies y las manos, han pasado una especie de tronco hueco por medio, y me llevan entre dos hombres, como si fuera una presa. Pero lo curioso es que yo me veo como si fuera caminando al lado de mi cuerpo. Soy consciente de que ese cuerpo que transportan es el mío. Yo voy feliz a su lado, viendo cómo la cabeza se bambolea. Me van a curar. Saben que no he muerto y me van a curar. Pero soy bastante más alto que ellos, y esta es la forma más cómoda de llevarme. Los demás cuerpos han quedado en el claro.
«El palo lo cargan entre los 2 hombres más fornidos. Al hombro. Otros 5 hombres forman la comitiva. Van contentos, hablando entre ellos. Yo no entiendo nada de lo que dicen. Pero parecen buena gente. Confío en ellos.
«Atravesamos la selva sin necesidad de machetazos. Ellos conocen los caminos. Y según nos vamos acercando al poblado, empiezan a aparecer más jóvenes, niños y mujeres que se alegran de vernos. Yo visto con una camisa blanca y unos pantalones azules hasta las rodillas. Calcetines blancos altos (y sucios, como la camisa) y zapatos de tacón negros con hebilla dorada. Pero ellos van vestidos con hojas colgadas de la cintura. Y las mujeres no llevan nada sobre los pechos. Me llama mucho la atención. Los niños van desnudos, y tan a gusto. Nunca había visto tanta piel desnuda.

«Mi padre me habló de tribus caníbales, pero esta gente no tienen pinta de serlo. Tanto las mujeres como los hombres llevan collares hechos con semillas, colmillos de animales y trozos de cañas. Y todos los hombres llevan el pelo cortado igual, a tazón, con flequillo y en redondo. Las mujeres llevan el pelo un poco más largo. En comparación, yo soy de una piel muy blanca. Están contentos de verme.
– ¿Qué más ocurre?- pregunta mi amiga.
– Me meten en una choza. La primera de una fila. Allí me cortan las cuerdas de las manos y los pies, y me tumban sobre una especie de cama hecha en el suelo con hojas trenzadas. Entra un chamán. Vestido con muchas más hojas, y más collares y pulseras que los demás. Este lleva el pelo trenzado muy largo. Y comienza a hacer un ritual con un cántico y unas plumas en las manos. Me abanica el cuerpo con las plumas. Entran una mujer anciana y otra más joven, me quitan la ropa y me lavan la herida del cuello con algo mantecoso.
«Yo todo esto lo veo desde fuera de mi cuerpo. Estoy en realidad como sentado en el suelo, cerca de mi cabeza. Y la mujer anciana, a veces, me mira a mí y me sonríe, mientras le mete un poco de agua a mi boca. No es agua, es infusión. Me están curando. Y yo estoy feliz.

«Fuera de la choza se escuchan las voces de los niños jugando, y las mujeres riendo. El chamán sigue cantando y pasándome un palo humeante cerca del cuerpo. Me parece todo muy espectacular. Las mujeres tocan el vello de mis brazos y mi cara y se ríen. Sus hombres no tienen apenas vello corporal y les llama mucho la atención. Me han desnudado entero para lavarme con su manteca y se ríen al ver mis atributos. La más joven se ruboriza, y la anciana me mira a mí (como si me mirara a los ojos) y se ríe con ganas. Dice: «Dhamburu» «Dhamburu», y las de afuera se ríen también. Creo que me han rebautizado con el nombre de Dhamburu. No sé qué significa, pero no suena mal.
– ¿Qué más?
– Nada. Van pasando los días. Me alimentan, me lavan. Pero yo sigo fuera de mi cuerpo. Me han tapado con unos paños. Parece que lleve pañales. La anciana del primer día me masajea las piernas y los brazos a diario. Pero la verdad es que no he vuelto a «entrar» en mi cuerpo. Lo hacen todo con mucho cariño y mucho respeto, lo sé. Lo siento. Me hablan mucho. Pero no me apetece volver a entrar ahí. Me alimentan con líquidos y mi cuerpo orina, pero está tomando un colorcillo violáceo que no me atrae nada.
«Ellos son muy alegres. A menudo hacen fiestas con música y bailan; y a mi cuerpo lo trasladan a una especie de «tribuna» y me ponen un parasol para que mi piel no se queme. Es su manera de incluírme en sus fiestas. Si no, yo no participaría. Me quedaría en la choza principal, junto a mi cuerpo. Yo disfruto mucho viéndolos jugar, reír y bailar al ritmo de los tambores y las flautas de caña. Me encanta esta gente.

«Los días son sencillos y serenos. Llueve mucho. O está lloviendo, o hace mucho sol. La gente entra y sale de mi choza. Me cuentan sus cosas, y yo los escucho con cariño. Al terminar, los abrazo con mi energía, y parece que les gusta. La vieja hechicera es la única que me ve y me entiende. Y algunos niños pequeños también, pero se asustan.
«No sé cómo lo hacen, pero mantienen mi cuerpo con vida. Y yo sigo aquí. Me encanta su estilo de vida. Viven en conexión con la naturaleza. Hacen las cosas por placer. Cazar, cocinar, tejer, cantar, peinar, bailar… todo lo hacen como un juego. Los niños se pasan el día jugando y corriendo. Y bañándose en el río, cuando el día está soleado. A mí me traen ofrendas con comida, que agradezco mucho, pero no puedo comer. Me alimentan con una especie de gachas líquidas, y voy tirando.
«A veces entran corriendo en la choza, cuando estoy a solas, y me cuentan sus secretos. Aquí nunca falta una antorcha encendida. Siempre hay luz. Y ellos se acercan a cualquier hora, del día o de la noche. Dicen encontrarse mejor después de «hablar» conmigo. Me cuentan sus sueños y sus pesadillas. Yo los amo. Los voy entendiendo. Y me agrada mucho escucharlos y abrazarlos con amor.
– ¿Cuánto tiempo te quedas ahí?- cuestiona Mariló.
Doy un salto hasta el final.

– Toda la vida. Y más. Llevo aquí 208 años. He visto nacer y morir a varias generaciones. Los amo. Amo su estilo de vida, que no ha cambiado nada. Bueno… casi nada. Ahora sí llevan alguna que otra prenda de ropa. Pero las mujeres prefieren seguir llevando los pechos al aire. Dicen que es más sano. Mi cuerpo murió a los 20 años de llegar, más o menos. Un día miré aquel despojo oscuro y deforme, y supe que ese ya no era yo. Pero no me enterraron ni me quemaron. Me hicieron una fiesta para celebrar que ya no dependía de mi cuerpo, y lo escondieron detrás de una especie de biombo. La hechicera seguía huntándolo con la manteca, y de ese modo se fue curtiendo como una momia.
«Ellos creen que si quemaran mi cuerpo me iría. Y no quieren que me vaya. Me traen a sus recién nacidos para presentármelos con cariño, y yo les susurro al oído palabras de bendiciones, para que sus vidas sean buenas y felices. Otras veces entra un anciano o anciana para despedirse de mí, pues creen que ya no tendrán más ocasión de hablarme. Me piden que los acompañe en su último viaje, y así lo hago. Cuando pasan al otro lado, nos vemos, y los abrazo con mucho amor, para darles la bienvenida a este nuevo estado. Luego las familias vienen para agradecerme que su familiar se fue con una sonrisa.

«He visto niños convertirse en grandes guerreros, cazadores o chamanes. Y he visto niñas convertirse en maestras, artistas y hechiceras. El ciclo de la vida me conmueve. Cada anciano deja sus conocimientos a otro miembro más joven, para que no se pierdan. Medicina, cocina, historia… Todo se transmite con cariño y con paciencia. Se aprende todo entre juegos y chistes. Y canciones. Las canciones cuentan historias y trucos.
«Un día decidí que me tenía que marchar. Lo comenté con la hechicera, que me «escuchó» con cariño, pero con lágrimas en los ojos. (Yo también comienzo a llorar en la camilla. Pero un llanto suave, pleno, dulce…) Ella se lo dijo al resto de la tribu la primera noche de asamblea, y ellos lo entendieron. Fueron pasando por mi choza de uno en uno, o de familia en familia, para despedirse de mí. Me traían comida para el camino. Y yo los fui abrazando uno a uno. Del más anciano, al más joven. Deseándoles lo mejor para sus vidas. Les prometí que volvería. Unos dias después celebramos mi despedida. Y por la noche, entre cantos y tambores, quemaron el despojo de lo que un día fue mi cuerpo.
Siento que me elevo, que floto hacia arriba. Dejando abajo una hoguera y un pueblo que siempre sentiré como mío.
– Me voy. Por fin soy libre. Aunque estar con ellos nunca fue una atadura. Los echaré mucho de menos. (Lloro más por agradecimiento que por tristeza).
– ¿Y qué ha sido lo más importante de esta vida?
Lo medito un segundo, y respondo:
– Que muchas veces no hay que hacer nada para tener una vida plena. Solo SER y ESTAR. Solo eso. Entregarse a los demás es la más maravillosa y completa de las experiencias de vida. (Lloro).
– Sí, cariño -me respondió Mariló mientras abrazaba mis sollozos-. Muchas veces «ser» y «estar presentes», es lo único que necesitamos. La vida es más sencilla de lo que creemos, pero es que nos encanta complicárnosla.
– Es verdad -le respondí intentando reir, aunque mis lágrimas seguían rodando y mi oreja derecha me recordaba que tenía un cuerpo.
Después de ver esa vida, mi preocupación carecía de sentido.
Madre mía… Me pasé 208 años viviendo en una tribu, sin comer, sin beber, sin hablar de verdad, sin apenas salir de mi choza… pero amando intensamente a cada uno de sus miembros, hasta el más loco, sin una pizca de aburrimiento. Disfruté de todos los momentos: la tranquilidad de los días de tormentas, la alegría de los días de sol, la comunión con los animales y las plantas, las noches de asambleas (de las que yo no participaba pero me encantaba asistir), los días de bailes y fiestas… los nacimientos, las despedidas… Todos. Me sentí como uno más de la familia desde el primer día. Fui Dhamburu para ellos, con todo mi amor.
Aún hoy, al recordarlo y escribirlo, lloro como una magdalena. Sé que algún día volveré. Y aunque en esta vida aún no he tenido la oportunidad de cruzar el charco, sé que ellos me esperan, contándoles mi historia a sus hijos. Y sé que quizás algún día pueda volver a abrazarlos.
Si no es en esta vida, será en otra. Pero volveré (como Terminator). Mi corazón lo sabe.
Gracias Mariló, por existir y estar ahí cuando te he necesitado. Gracias a todos mis lectores y saludos,
Natividad Castejón