Ey, no os quejaréis… Este año estoy que me salgo con las publicaciones del blog, ¿eh? Bueno, pues hoy toca otra vida anterior.
Tal como expliqué en la Jornada 4, en los años 2014 y 2015 me encontraba haciendo un nuevo curso de Terapia Regresiva, y a partir del 6° mes debíamos ir quedando entre nosotras para hacer prácticas.
Por aquel entonces tenía más confianza con una de las compañeras, y aproveché para explicarle un problema gordo que arrastraba desde hacía unos años. Mi problema era que me había enamorado hasta los huesos de un hombre casado, y yo sabía que aquella situación no tenía ni pies ni cabeza, pero no podía evitarlo. Mi corazón explotaba de alegría por él, y era un contínuo estado de estrés insufrible.
¿Sabes esas cosas que de joven dices «a mí esto nunca me pasará»? Pues justo eso.
Mi amiga Conchi, gran terapeuta, me atendió en su casa. Y después de hacerme una pequeña relajación, me sugirió que me concentrara en mi problema, y me preguntó qué veía.
LA TRISTE VIUDITA
Para los que no hayáis leído la Jornada 4, os diré que en estas circunstancias para algunas personas, es difícil «ver» cosas, pero es más difícil aún articular las palabras. Las imágenes llegan lentamente, y es realmente complicado describirlas. Yo, por suerte, tengo mucha capacidad para «ver», y para hablar hasta por los codos, incluso cuando no me preguntan. Cuento todo lo que veo y todo lo que voy sintiendo.
En aquella ocasión lo veía todo difuso. Era como una masa deforme de nube blanca.
– ¿Qué es lo que más te llama la atención? -me preguntó mi amiga.
Y en aquel preciso momento empecé a vislumbrar una forma concreta en medio de la nube.
– ¡Un candelabro! Veo un candelabro de plata. ¡No! Son dos.
– Muy bien, y ¿dónde se encuentran esos candelabros? -me instó con una voz suave y pausada.
Ante mí se formó una imagen más amplia y nítida.
– En una mesa. ¡No! En un altar. Sí, es un pequeño altar en una iglesia. (Miré bien a mi alrededor). No, no es una iglesia. Es una ermita. Tampoco. Es una pequeña capilla. No hay casi nada. Un crucifijo, el altar con los dos candelabros, cuatro bancos de madera pequeñitos, y dos ventanas también pequeñas. Yo estoy sentada en uno de los bancos. Estoy sola. Rezando.

– ¿Cuántos años tienes?
– Me viene que casi 20.
– ¿Y por qué rezas?
– Por mi novio. ¡No! Mi marido. Nos casamos hace unos meses.
– ¿Y qué le ha pasado?
– Se ha ido a la guerra. Como casi todos los hombres del pueblo. Me veo ahora en la plaza de un pueblo pequeño. Despidiéndome de él.
– ¿En qué país estaría ese pueblo?
– Es España. Creo que en el sur, pero también podría ser en Castilla o Extremadura.
– ¿Y en qué año estamos?
– 1900 o por ahí. Principios del siglo XX.
– ¿Y qué ocurrió?
– Estábamos recién casados. Nos vinimos con una mula y un carro a este pueblo. Por eso en la plaza estamos los dos solos despidiéndonos. El resto de la gente son familias enteras despidiendo a sus hombres. Mi esposo es alto, delgado y moreno. Muy guapo. Es él. (Me refiero al hombre del que en ese momento estaba enamorada en mi vida actual).Tiene unas facciones muy varoniles. Yo soy muy bajita en comparación. Han venido 2 camiones a recoger a los hombres por los pueblos. Dentro ya hay algunos, sentados. De nuestro pueblo se van unos 12. Somos un pueblo más o menos grande. Nos vinimos aquí porque tendríamos más oportunidades. Solo hace un par de meses que llegamos, después de nuestra boda. Casi no conocemos a nadie. Yo estoy hecha un mar de lágrimas. Tengo un mal presentimiento. Pero ellos están contentos. Les han dicho que será cuestión de poco tiempo, y luego volverán con dinero como para comprar tierras. Les han dado una gorra con borla, unas botas de piel negras, un fusil muy estrecho y un cinturón con cartuchera. Van vestidos con una camisa amarilla y un pantalón caqui. Los hay que llevan camisa blanca, pero se ve que son de otro rango superior.

– ¿Y qué más ocurre? – pregunta Conchi.
– Me quedo sola. (Siento un profundo vacío en mi interior y muchas ganas de llorar). Eso no era lo que yo esperaba en mi vida. Me veo sentada en una silla de mi casa, mirando al suelo, todos los días de mi vida.
– ¿Cómo es tu casa?
– Muy sencilla. En realidad es como un cuarto medianito. El suelo es como de baldosas hechas de barro cocido. Entrando por la puerta te encuentras de frente la chimenea, y a la izquierda, una mesa camilla redonda con un quinqué encima, y 2 sillas de madera y enea. Un retrato en sepia y negro de mi suegra en la pared, muy antiguo y muy descolorido. En la pared de la derecha hay como una encimera de ladrillo encalado, con un lebrillo para fregar los cacharros, y unas cortinas debajo, que esconden la escobilla, el recogedor, la leña, una olla de latón, y unos cántaros de barro con alimentos. Eso sería como la cocina. Sobre la encimera hay colgadas un par de sartenes y una cacerola también de latón. Y un estante de madera con 4 platos, 4 jarritas y un trozo de pan envuelto en un paño blanco. Se cocina en la chimenea, donde hay un trípode con ganchos y cosas. Y al fondo, a la izquierda, una cama mediana, y un baúl bajo la ventana. (Esto lo veía con la claridad de quien describe el dormitorio donde ha dormido siempre).

«La fachada no es muy grande. Unos 5 metros. Hay una ventana medianita (la del dormitorio), la puerta de madera pequeñita, y otra ventanita más pequeña de la zona de la «cocina». Eso es todo.
– ¿Y cómo es tu día a día?
– Muy sencillo. Hacer la cama y organizar la casa, es un momento. Me preparo algo de comer, y me siento a esperar, mirando el fuego. Alguna vez llega un giro, como del sueldo de mi esposo. Y con eso voy comprando lo que necesito. Unos huevos, el pan, el aceite, algún pollo pequeño de vez en cuando… unas zanahorias o nabos, uvas… No hay para mucho. Pero tampoco necesito más. (Siento soledad, mucha soledad, sin familia, sin amigas). Al principio, lo llevo más o menos bien. Me mantengo activa y adecento la casa, por si vuelve mi esposo, que lo encuentre todo limpio y ordenado.
«Va pasando el tiempo. Al cabo de unos meses empiezan a llegar al pueblo noticias de fallecimientos. Viene un militar a la plaza del pueblo y todos escuchamos la lista de las bajas con el corazón en un puño. Las cartas son muy escasas. Llegan una vez al mes o menos. Mi marido manda su carta junto con la de un vecino, para aprovechar el sello. La vecina me la trae, pero dice poca cosa. Que están bien, que comen mucho, y que me echa de menos. Parece que la cosa se va a alargar un poco más de lo previsto, pero que no tengo de qué preocuparme.
«Un año después empiezan a llegar algunos supervivientes. Uno cojo, otro ciego, otro manco, otro sin oreja y la cara desfigurada… Se reincorporan a la vida del pueblo haciendo lo que pueden, porque el dinero que les prometieron, no llega.

«Yo sigo esperando. Por las noches, cuando se escucha algún ruido, mi corazón pega un brinco pensando: «¿Será él? ¿Volverá cojo necesitando ayuda?». Pero el ruido pasa. No era él. Así una noche y otra. Cualquier ruido me sobresalta, un gato, una carreta a lo lejos, los cascos de un caballo, un ladrido… Un día y otro. Dormir sola es horroroso. Siento escalofríos del pavor que siento. Y las noches de tormenta no puedo ni dormir.
[Quiero hacer un inciso aquí para explicar que posteriormente a esta sesión, y durante años, cuando en terapia tenía que ir a buscar el orígen de algún miedo concreto (soledad, desesperanza, muerte, hambruna, falta de autoestima, angustia, etc…), mi alma siempre me devolvía a esta vida y a estos momentos precisamente].
– ¿Y cómo continúa esa vida? -insiste mi amiga.
– Igual. Muchos miedos. Al principio me mantengo activa y bien. Voy a hacer la colada al lavadero, preparo mi comida, hago la casa… Pero con el paso de los años dejo de hacer cosas.
– ¿Cuántos años tienes ahora?
– Creo que rondando los 40. Hace más de 10 años que dejaron de llegar hombres de la guerra. Mucho antes dejé de recibir cartas de mi esposo, igual que mi vecina. No sabemos nada. Mi presentimiento se cumplió. Estoy casi segura de que mi esposo murió. (El sentimiento de desolación es muy profundo y me estruja el corazón).
«Ya no duermo entre las sábanas. Lo hago sobre la colcha, para no tener que lavarlas. Me cambio poco de ropa. No me ocupo apenas de la casa. Me invade una tristeza que sale por las ventanas. Visto de negro desde hace muchos años. Desde que dejé de recibir cartas. Mi mente no me permite otro color.
«Alguna vecina, de tanto en tanto, me trae un platito de sopa o de arroz blanco, y con eso y un poco de pan con aceite, voy tirando. Hace como 15 años que no llega ni un real. Y yo me he abandonado totalmente. Mi vida ya no tiene ningún sentido.
«No duermo. Sigo sintiendo un miedo intenso a los ruidos de la noche. Y aún así, si escucho un caballo o un carro acercarse, pienso: «¿Será él?». Y mi corazón pega un brinco en mi pecho. Pero nunca es él. Me invade una pena muy honda, pensando que si volviera, no me reconocería. Ya no soy guapa. Y si me reconociera, seguro que ya no me querría. No sirvo para nada. No tengo fuerzas ni para llorar.
(Todo esto lo «veo» desde fuera de mi cuerpo, porque sentir todas esas sensaciones en primera persona, me estaba doliendo en el alma, y ya llevaba media hora llorando).

– ¿Y cómo termina esa vida? -quiso saber mi amiga Conchi.
– Frente al fuego.
– ¿Qué pasó?
– Pasó la vida. Tengo unos 58 años, y soy una pasita de piel y huesos. Llevo casi 40 años esperando a mi marido. Cuando entendí que nunca volvería, morí en vida. Ya no me comía ni la comida que me traían las vecinas, y casi no tenía ni fuerzas para echarle troncos al fuego.
«Una noche quise levantarme de la silla para irme a la cama, y me caí de cara. Mis piernas no tenían fuerzas para sujetarme. Me doy mucha pena, pero me veo ahí caída, delante del fuego, y solo espero que mi vida se agote como el último rescoldo de la chimenea. (Siento mi corazón negro de tristeza y dolor).
– ¿Y qué ocurre a continuación? -pregunta Conchi después de unos segundos.
– Me voy hacia arriba. Gracias a Dios. (Liberación). Veo mi cuerpo desde arriba, desde el techo, y sigo subiendo. Es casi noche cerrada, aún se ve un poco de luz, aunque en mi casa siempre era de noche. Los postigos de las ventanas no se abrieron en los últimos 10 ó 12 años. La luz me hacía daño.
– ¿A dónde llegas?
– A un lugar con mucha luz. Me ciega tanta luz. Todo es blanco. Veo gente vestida de blanco, alegre, charlando entre ellos. Yo también voy vestida de blanco ahora. Y tengo el aspecto de cuando era joven.
– ¿Puedes verlo a él?
– ¡Sí! Allí está. (Mi corazón pega un bote en mi pecho y comienzo a llorar desconsolada). ¡Es él!. Está… como jugando a las cartas.
– ¿Te ve?
– Sí. Acaba de descubrirme y viene hacia mí sonriendo, como el que no ha roto nunca un plato. (Lloro como no he llorado en mi vida). Me abraza con un sentimiento profundo de Amor, que me restaura casi por completo. Le pregunto que cómo está y me dice que muy bien, que le alcanzó una bala cerca del corazón a los 2 años de salir de casa, y murió desangrado en una calle, detrás de una barricada. Pero que lleva desde entonces esperándome. Yo me siento muy rota en comparación con él. Lo veo alegre, divertido, como era él de joven. Mientras que yo me sigo sintiendo como una viejecita endeble.

«En ese momento suena como una campanita muy dulce, y él grita: «¡Vámonos!». Yo le pregunto que a dónde, y él me dice todo contento que: «¡A Reencarnación! Ya estás aquí. Ya podemos reencarnarnos de nuevo». Yo no puedo. No tengo fuerzas. Siento que lo pierdo otra vez y se encoje mi corazón. Le digo: «Espera, déjame recuperarme». Pero ya es tarde. Se ha ido. Y yo vuelvo a sentir un vacío profundo en mi alma y en mi corazón. ¡Vaya mierda! (Lloro de nuevo. Toda mi felicidad se ha esfumado en cuestión de segundos).
– ¿Y qué ocurre entonces? -quiso saber mi amiga Conchi, poniéndome un pañuelo limpio en la mano.
– Pues no lo tengo muy claro, pero acabo de ver un brazo como de una mujer, con un camisón precioso, que cae a plomo desde la cama, inerte.
– ¿Dónde estás ahora? -se sorprende mi amiga tanto como yo.
– Pues no tengo ni idea. Pero estoy como en una casa colonial, en una habitación preciosa, con cama con dosel, de día. Y una mujer acaba de morir dando a luz. (Veo claramente un brazo vestido con un camisón fino y con puntilla, con una mano delicada, bien cuidada, sin vida ya, de un color blanco amarillento).

– ¿Qué ha pasado? ¿Cómo es que has aparecido aquí?
Y de repente me llega toda la información de golpe.
– Vale… el bebé que acaba de nacer, era mi esposo. Y a mí, haciéndome un favor especial por todos los años de sufrimiento, se me permite ser algo así como su Ángel de la Guarda en esta nueva vida. (¡Qué fuerte! Estoy en shock) Porque no estaba preparada para encarnar de nuevo, y yo misma pedí poder estar junto a esta alma. (Flipo).
(Llevábamos más de media hora de sesión, y yo creía que ya había entendido el mensaje o la respuesta que iba buscando. Pero no. Se ve que no era suficiente).
– ¿Y qué es lo importante en esta nueva vida? -me preguntó mi amiga, sacándome de mi asombro.
– Él es el niño que acaba de nacer; su madre muere en el parto; su familia es como terrateniente en sudamérica; lo cría su padre junto con una institutriz (una mujer de unos 40 años); tiene un hermano mayor que lo culpa de la muerte de su madre; nunca quiere jugar con él porque lo desprecia; es unos 3 años mayor…
«Se cría entre los estudios y las cuadras, porque le apasionan los caballos; yo lo vigilo de cerca, porque le encanta meterse en líos; su hermano mayor se vuelve un borracho hasta el punto en que su padre deja de confiar en él; a los 13 años su padre acuerda su boda con una niña de 5 años de buena familia, se casarán cuando ella cumpla los 15; él acepta todo lo que el padre decide; el hermano se mete en una pelea con 17 años, llega a casa muy malherido y muere de unas fiebres; él se acaba encargando de todas las tierras junto con su padre, que le enseña buenos valores…
«Su misión, básicamente, es ir por las aldeas que componen su «feudo» para ver qué necesitan los campesinos: una mula nueva, una vaca, un arado, un par de cabras, semillas, una alberca nueva, etc.; y un par de veces al año, pasar a cobrar las rentas. La gente, en general, lo quiere. Prefieren tratar con él que con el padre, porque es más benevolente y les consigue lo que piden.

«Ya no necesita tanto de mi ayuda, porque está sentando la cabeza; pero para mí es un verdadero placer «vivir» esta vida junto a él, después de echarlo tanto de menos. No me canso de velar su sueño.
«El día de su boda se casa, como estaba previsto. Una boda por todo lo alto. La niña es preciosa. Es su mujer actual. Pero es de armas tomar. Es caprichosa y muy exigente. Se traslada a la gran casa de su esposo, y no deja títere con cabeza. Lo cambia todo. Lo reordena todo. La institutriz ya es una mujer mayor, y se marcha de la casa.
«Él pasa poco tiempo en casa. Prefiere estar por ahí montando a caballo, que escuchando las quejas de su esposa. Se escuda en que «es su trabajo», pero no es verdad. Prefiere que sea su padre quien lidie con sus niñerías. Dice: «¿No la eligió él? Pues que la aguante él».

«El padre le echa en cara que necesitan un heredero, y él (obediente) se pone las pilas. La niña se queda embarazada, y se trae una tata de su casa, porque se siente muy sola. Y con razón. Él le presta muy poca atención. Yo en esas cosas no puedo intervenir. Lo tengo prohibido. Solo puedo «sugerirle» el mejor camino, pero las decisiones las tiene que tomar él. Le susurro mientras duerme, y se me llena el alma de alegría si alguna vez sonríe mientras sueña. Ya es todo un caballero.
– ¿Qué más?
– No estaba en casa cuando nació su hija. Me da mucha pena. Es una criatura preciosa. Su padre habla seriamente con él sobre sus obligaciones conyugales y como padre, y él empieza a estar más tiempo en casa con su esposa y su niña. Aprende a disfrutar de estar en familia, pero parece que le pese. Empieza a beber.
«Un año después nace un niño, y él es verdaderamente feliz. Piensa: «Ya he cumplido». Ahora parece que le presta más atención a su familia. Su padre está encantado con el niño y pasan mucho tiempo juntos.
La niña es una damita preciosa.
«Cuando el niño tiene un par de añitos, la esposa coge unas fiebres y tiene que meterse en cama. Y él contrata una institutriz para los niños, que se crían entre ésta y la tata. Él vuelve a pasar la mayor parte del tiempo fuera, y bebe más. Me da mucha pena. La esposa muere en la cama casi un año después de enfermar.
«Él empieza a pasar las noches fuera, en el burdel, y descuida sus obligaciones. Su padre ya no sabe cómo hablar con él. Se desespera. Y acaba cayendo enfermo también. Los niños van creciendo. Ya están los dos prometidos. El niño acompaña al padre de vez en cuando para ir conociendo el oficio..
– ¿Y cómo acaba esa historia?
– Mal, como se esperaba. Una noche volviendo del burdel, cantando, todo borracho, medio calvo y gordo, con unos 43 años, el caballo se asusta en el bosque y lo tira. Él cae mal y se hace daño, pero como está borracho, ni se entera. El caballo se queda cerca de él. En casa no se enteran de nada, porque a veces no vuelve a dormir. Y muere más de frío, que de la lesión. Qué pena. Siento que como Ángel de la Guarda, no he podido hacer más. Su cabezonería era más fuerte. Pero estos 43 años se me han pasado en un suspiro.
– ¿Te gustaría tener ahora una entrevista con él?
– Pues la verdad es que sí.
Mi amiga y terapeuta convoca ‘aquí y ahora’ al alma de quien hoy es ese hombre. Y yo lo veo venir hacia mí con los brazos abiertos y sonriendo, y se me derrite el corazón. Pero soy fuerte y le levanto una mano para pedirle que no se acerque más.
– ¿Qué te gustaría decirle?
– Pues… que me encanta habérmelo encontrado en esta vida, pero que las cosas ahora son diferentes.
– Díselo, díselo. Háblale de tú a tú -me anima mi amiga.
Bajo la cabeza en mi visión, y cuando la levanto, busco fuerzas para decirle:
– Sé que en otras vidas hemos sido pareja, y seguramente volveremos a coincidir en otras más. Pero en esta vida, ni tú eres mi esposo, ni yo soy ya tu Ángel de la Guarda. Así que te pido por favor que me dejes seguir mi camino, y sigue tú el tuyo. (Hizo un gesto como de ir a hablar, pero no se lo permití). Ahora entiendo esa sensación que me coge, como de que no voy a poder vivir sin ti. Y ahora veo que no es real. En otra vida sufrí mucho, lo indecible por ti; pero en esta vida, ese sentimiento no es real, es solo un recuerdo.
Vi una especie de cordón brillante que unía su corazón al mío, y lo corté con seguridad. Le dije:
– A partir de ahora, ambos somos libres. No nos debemos nada. Nuestra cuenta está saldada. Por favor, no me busques más problemas. En esta vida no toca. Acéptalo.
– ¿Lo ha entendido? -preguntó Conchi tras un par de segundos de silencio.

– Creo que sí. Lo veo triste, pero resignado.
– Pues despídete de él con cariño, agradeciéndole su presencia en esta sesión. (Lo envolví de amor y lo vi desaparecer). Y ahora vuelve poco a poco a tu estado de consciencia normal.
Abrí los ojos y lloré junto a mi amiga. Ahora lo entendía todo. Por qué me era tan difícil decirle que no a algo, y por qué él creía que me necesitaba en su vida.
Después de este trabajo no volví a saber nada más de él. No tuve que reunir en la vida real el valor necesario para pedirle, por favor, que no me volviera a llamar, ni a interceptarme por la calle. La sesión surtió efecto, como si esa última conversación se hubiera mantenido cara a cara en la vida real.
Desde aquí, gracias y perdón. Agradezco profundamente a mi amiga Conchi su increíble trabajo, y pido perdón a todas las personas a las que pude hacer daño.
Por amor, amé. Y por amor, me retiré.
Gracias.