IMPORTANTE: Aconsejo leer las jornadas por orden. Esta es la segunda vida anterior que comparto en este blog, y en la primera (Jornada 4) hay algunas aclaraciones que no voy a repetir aquí para no hacerme pesada.
La historia que voy a contar hoy fue el resultado de una sesión de terapia con mi amiga y terapeuta Mariló, aproximadamente en 2017.
No recuerdo exactamente lo que íbamos buscando, pero podría ser algo así como mi Amor Propio.
Mi amiga Mariló hace muchos tipos de terapia, dependiendo de lo que el paciente necesita. Así que después de colocarme diferentes agujas de acupuntura en la oreja derecha, y de hacerme una pequeña relajación, me preguntó qué veía… y esto fue lo que salió.
EL BUEN ALEMÁN

– Soy un hombre mayor. Tengo unos sesenta y algo de años. Estoy en una residencia, aburrido. Creo que es verano, porque los ventiladores del techo están funcionando. Y yo voy todo descamisado, con una camiseta blanca de tirantes debajo.
– ¿En qué año estamos?
– No lo veo con claridad, pero me viene 1958.
– ¿Y en qué país estamos?
– Eso sí lo veo bien. Es Alemania. Estoy en un pueblo a las afueras de Berlín. Pero no es una residencia. Es un hospital militar. Para veteranos. Todos somos hombres. Y las enfermeras llevan el pelo recogido en un moño, y una cofia en la cabeza. Son muy amables y simpáticas. Y muy guapas. Tienen que lidiar todos los días con nuestras malas intenciones.
-¿Y qué haces tú ahí?
– Es mi sitio. Soy veterano de guerra. No tengo familia. Y aquí estoy bien cuidado. Aunque hace días que no me afeitan. Estoy fumando un cigarrillo en un balconcito al atardecer. Dentro de poco entrará la enfermera con la bandeja de mi cena. La comida no es muy buena, pero esta paz lo compensa todo.
– ¿Qué pasó en tu vida? ¿Cómo acabaste aquí? Da un salto al pasado y cuéntame qué pasó.
Respiro profundamente. Las imágenes son muy borrosas. Pero de repente…
– Soy un niño. Tengo 2 añitos o así. Soy muy rubio. Estoy corriendo por la hierba y jugando con mi mamá -siento una emoción muy fuerte al ver a mi madre.

– ¿Cómo es tu mamá?
– Es morena. Alta. Muy guapa. Y hay un sentimiento extraño. Soy consciente de que mi madre podría odiarme, y con motivos, pero no me odia. Me ama mucho.
– ¿Qué quieres decir?
– Creo que soy fruto de una violación. Mi madre no dio su consentimiento. Pero me ama, y yo se lo agradezco mucho. Hay más niños como yo. Rubios y sanos. Corriendo y jugando en esa explanada verde. Y hay un soldado vigilando.
«Suena una sirena. Las mujeres se ponen nerviosas y recogen a sus hijos entre gritos. Se acerca un camión, y el soldado ayuda a las mujeres y a los niños a subir a ritmo de gritos. No me gusta nada. Mamá no grita.
– ¿Qué pasa a continuación?
– Estamos todos en una especie de búnker. En una montaña cercana. Hay una rendija horizontal a modo de ventana y respiradero. Cada madre abraza a su hijo, sentadas en el suelo alrededor, con la espalda pegada a la pared. Muchos niños lloran y algunas madres también. Todas son morenas y bastante guapas, aunque no tanto como la mía. Hay también dos soldados con armas vigilando y gritando para que se callen.

«A lo lejos se oyen explosiones, y las mujeres gritan. Pero mi madre no. Ella respira tranquila, manteniéndome pegado a su pecho. Yo me recuesto en su hombro e intento dormir aislándome de los gritos. Mi mamá me abraza y me dice: «Tranquilo, cariño. Todo está bien. Duerme un ratito». Y sus palabras son serenas, como los latidos de su corazón. Sé que me ama profundamente. Y que no dejará que me pase nada malo. Y me duermo. Siento su amor muy intenso, traspasándome el corazón. Es una sensación muy fuerte. (Lloro).
– Sigue un poquito más adelante, hasta el siguiente momento importante.
– Puesss… Ahora tengo unos 6 años. Mamá me ha arreglado muy bien, y ella también se ha puesto su mejor ropa. Lleva un bolso pequeño en el codo, con los guantes en una mano, y a mí me coge fuerte con la otra. Lleva toda la mañana llorando y diciéndome cosas, pero no le he prestado mucha atención. Cogemos un autobús… no, un tranvía. Hace frío. Yo llevo un pantalón corto. Nos bajamos delante de un edificio imponente, grande, todo de ladrillo rojizo.

– ¿Qué sitio es?
– No lo sé. Pero mamá está muy nerviosa. Me agarra fuerte de la mano, pero mantiene la compostura. Está muy elegante. Se ha pintado los labios.
«Por dentro el edificio es más imponente todavía. Los techos son muy altos y de frente hay una gran escalinata como de mármol blanco, con barandas también de piedra.

«El soldado de la puerta le ha hecho un gesto con la cabeza, insinuándole que suba. Arriba hay una mujer gorda y seria, vestida con uniforme militar, con falda a media pantorrilla. Parece estar esperando a mi madre. Las puertas de madera están muy ornamentadas y brillantes.
«Al llegar arriba, sin decir palabra, la soldado comienza a caminar delante de nosotros con paso enérgico. Los pasillos son muy amplios y los suelos están muy limpios. Y mi madre casi me lleva en volandas por no perder el paso de la mujer. Llegamos a una puerta. La abre y extiende un brazo para indicarnos que pasemos. Yo ya voy agotado, pero mamá parece que mantiene la calma. Lleva el pelo recogido con una redecilla, y un sombrerito.

«La sala es enorme también, con unos grandes ventanales a la derecha por donde entra la claridad de un día nublado. A la izquierda hay una mesa de escritorio con un señor mayor sentado detrás, y otra mujer de uniforme de pie cerca de él, pero detrás. Todo el mundo está muy serio hoy. La habitación es tan grande, que el escritorio parece ridículo. No hay decoración, aparte de un cuadro con el retrato de un señor, y la bandera. Siento miedo.
«El hombre le dice a mi madre: «Tome asiento, señora», sin levantar la cabeza de los papeles. Abre un expediente y dice: «Así que este niño es…». «Hans», termina mi madre. Yo estoy sentado en otra silla de madera, y no entiendo nada. La soldado me mira muy seria. El señor me mira por encima de los lentes. Me escrutina, y vuelve a los papeles. «¿Sabe leer y escribir?», pregunta. «Un poco», responde mi madre. El hombre la mira como enfadado, y le dice sin alzar la voz: «Era su responsabilidad». Mi madre no responde.
«A continuación el hombre comienza a hacerle todo tipo de preguntas sobre mí: mi fecha de nacimiento, mi peso al nacer, mi alimentación, mis deportes, mis preferencias… Mi madre responde a todo con fluidez, pero el señor la mira a veces con desaprobación. Yo sigo sin entender nada.
«Al cabo de un momento el señor termina de hacer una serie de anotaciones y pone un sello que resuena en toda la sala. Le pasa el expediente a la soldado, y me dice: «Ven conmigo», mientras me acerca la mano. Yo estoy temblando de frío y de miedo, y me abrazo a mi madre. Ella me abraza llorando, me da varios besos en la cabeza, y después me separa mirándome a los ojos: «Sé fuerte, cariño. Y demuestra que te he dado una buena educación». Aquello no me suena nada bien, y grito: «¡No, no, no! ¡Mamá!», mientras me agarro a su cuello. Pero la soldado me grita: «¡Ya está bien, jovencito! Tienes que venir conmigo. Ahora perteneces al Ejército de Alemania».

«Lloro con desesperación, pero la mujer me coge fuerte del antebrazo, y me arrastra sin más palabras, mientras mi madre me observa llorando y me dice adiós con su mirada.
(Lloro en la vida real, tumbada en la camilla, con mi oreja derecha caliente y con punzadas. Es muy doloroso).
– ¿Cómo continúa esa historia? -me pregunta Mariló tranquila. Yo intento recomponerme.

– Nada. Me llevan a una habitación grande y fría, llena de camas. Y me dan un uniforme militar que me está un poco grande. Aquella ropa pica mucho. Y esa es la única ropa que vestiré de ahora en adelante. Nadie vuelve a darme un beso ni un abrazo. Voy todos los días a una escuela donde todos somos muy parecidos, rubios y con ojos azules o grises. Lo hacemos todo bajo la vigilancia de los soldados. No vuelvo a ver a mi madre nunca más. Por las noches lloro mucho, como algún otro. Pero pasan los años y la vida.
– ¿Y después?
– Después, nada. Me convierto en soldado, que es lo que se esperaba de mí. Y ahora vuelvo a estar otra vez en el hospital militar, con sesenta y pico años.
– ¿Qué ha pasado en estos años?
– No lo recuerdo bien. O quizás es que no lo quiero recordar. No he tenido esposa, ni creé una familia. Por eso estoy aquí. Olvidado por el sistema y por todos.
– ¿Y cómo se termina esa vida?

– Unos días más tarde. Estoy sentado como en una butaca, en mi habitación. Y siento un dolor fuerte en el pecho. Es tan fuerte, que no puedo ni gritar. Me agarro el corazón y me resbalo del asiento hasta caer al suelo de cara. Me he orinado encima. Me doy asco.
– ¿Cómo sales de tu cuerpo?
– No lo sé… ya he salido. Me veo desde fuera, como si estuviera de pie a un par de metros de distancia.
– ¿Y qué haces a continuación? ¿Te vas con la Luz? ¿O te quedas?
– Pues de momento me quedo al lado de mi cuerpo. Me doy como lástima. Ahí, solo, tirado… Esperaré hasta que me vea alguien y se ocupen.
«Entra una enfermera y me ve tirado. Y se pone a gritar buscando ayuda. Ya está. Ya me puedo ir tranquilo.
– ¿Cómo ha sido esta vida? -pregunta mi amiga.
– Mala -me sale sin pensar-. Sin sentido. Vacía. Lo único hermoso fue mi madre, y casi no la recuerdo ya. Hice lo que se esperaba de mí. Siento como que fui un experimento. Cumplí con todo lo que me pidieron. Llevé mi bandera con orgullo. Fui a la guerra y maté en nombre del sistema. Fui un buen soldado. Pero me siento vacío. Una vida perdida.
– ¿Y qué haces a continuación?
– Me voy. No me da ninguna pena dejar ese cuerpo.
– ¿A dónde llegas?
Tardo un rato en responder, porque lo que estoy viendo no es el típico lugar donde he llegado en otras ocasiones, y necesito crearme un escenario.
– ¡Uufff! ¿Qué sitio es este? -me pregunto a mí misma-. Es como un anfiteatro… como un circo romano…

«Es una grada de forma circular, como para unas 200 personas… no es muy grande. Es de noche. Y yo llego con mi forma de humano, de militar sesentón retirado. Hay unas 40 personas sentadas en diferentes sitios alrededor de la «arena». Pero lo que hay en el centro, es una gran bola de cristal, de estas que tienen como corriente dentro, que cuando acercas las manos te da un chispazo… Pues algo así, pero como de 5 metros de diámetro. Y suelta rayos de color violeta que a veces llegan hasta el corazón de algún indivíduo.
Yo me estoy quedando a cuadritos, y deduzco que mi amiga también, porque esto no tiene nada que ver con lo que nos hemos encontrado en otras ocasiones al ascender.
– Me siento en esa grada alejado de los otros, como preservando mi intimidad. Me da cosa mezclarme con esos desconocidos. Y en algún momento empiezo a sentir las pequeñas descargas que también llegan hasta mi corazón. Son cálidas y dulces.
Por un momento pienso si estarán reparando mi corazón para que vuelva de nuevo a mi antiguo cuerpo, y suelto:
– ¡Que no quiero volver! ¡Que no vuelvo!
Pero mi amiga me dice:
– Tranquila. Fíjate bien en lo que está pasando.
Y pongo atención. Esos rayos que de tanto en tanto me alcanzan, están reparando mi alma. Cuando observo ahora a los demás, ya no los siento tan diferentes de mí mismo. De hecho, al cabo de un tiempo indeterminado, soy capaz de ASUMIR que todos somos UNO solo.
– Me siento feliz. Creo que llevaba tanto tiempo siendo infeliz, que ya no recordaba lo que era la felicidad. Ahora veo que era un amargado. Creo que no superé aquella separación de mi madre. Pero ahora estoy entendiendo que todos los que formaron parte de mi vida, eran yo. Todos fueron diferentes facetas de mí mismo. No fueron ni mejores ni peores que yo. Fueron yo mismo. SON yo mismo.
«Ahora podemos mirarnos a la cara unos a otros y sonreírnos, como se sonríen los amigos que se quieren de verdad. Nos reconocemos. Somos todos lo mismo. Amor. No hay otra cosa. Solo Amor.

«Cuando nos sentimos preparados, y ya con el corazón lleno de alegría, nos vamos levantando para dirigirnos a otro lugar. Ya no tengo cuerpo. Ahora mi cabeza es como el chisporroteo de una cerilla al encenderse, y mi cuerpo es como una estela de luz azul, como la llama de un hornillo de butano. Y todos los que nos vamos levantando somos así. Somos etéreos. Y a los que van llegando los vemos como sombras oscuras y densas.
– ¿Y a dónde vas después? -pregunta Mariló.
– No sé. Yo me he juntado con otro que parecía que sabía a dónde íbamos. Lo sigo contento. Y vamos como charlando.
– Pues pregúntale a ese.
– Me dice que vamos a descansar. Y entramos en una especie de estadio, donde todos son iguales a nosotros: con la cabeza chispeante y el cuerpo una estela de luz azul.
«Hay reuniones de grupitos. Los oigo reír y saludarse. Me dice éste que son grupos de almas que se reconocen y se esperan unos a otros para coincidir en las diferentes vidas. Le pregunto si estará mi madre por allí, y me dice que le pregunte a los guardas. Se va. Ha encontrado a su grupo de almas, y se va contento. Lo despido con agradecimiento.
– ¿Hay guardas?
– Pues se ve que sí -respondo echando un vistazo con curiosidad-. Hay almas por todas partes. Todas son iguales. La mayoría están como en las gradas del estadio. Pero hay otras dispersas o en grupos por lo que sería el terreno de juego. Qué gracioso…
«He visto dos cabezas que van juntas y chisporrotean más blanco y más intenso que las demás. Creo que son los guardas. Les pregunto si podría localizar allí al alma de la que fue mi madre en mi última vida, y me dicen que sí. Ahora veo otra cabeza chisporroteante que se acerca hacia mí flotando, moviendo su estela azul. Es todo dulzura. (Lloro) ¡Es ella! La reconozco por su serenidad y su amor. (Lloro más).
– ¿Cómo es reencontrarte con tu madre?
– ¡Es increíble! Nuestras cabezas chispeantes se ponen a dar vueltas en círculo, mientras nuestras estelas azules se relían como un tirabuzón. (Me río). Es lo más parecido a un abrazo, pero sin brazos. Somos como un pequeño huracán azul.
– ¡Qué bonito! -exclama mi terapeuta al sentir la escena y la explosión de Amor.
– Sí (lloro y me río a la vez, sintiendo la preciosa energía de mi madre), la echaba de menos… Dice que está muy orgullosa de mí. Que fue una prueba muy difícil. Una vida muy dura. Pero que no tiré la toalla y no me rendí. Por lo visto, tenía que experimentar esa ausencia total de amor… (Lloro) ¡Qué duro! ¡Qué difícil vivir así, sin rastro de Amor, después de haber conocido el más puro, el de mi madre!
– ¿Y qué lección te enseña todo esto? -me pregunta.
– Que no merece la pena vivir una vida, si no es para disfrutar y compartir AMOR.
Fin de la sesión.
Mi terapeuta y yo llorando como dos magdalenas y abrazándonos sintiendo en nuestros corazones esa punzada tan especial que nos da el AMOR, sea del tipo que sea.
Gracias, Mariló. Te Amo.