Jornada 4

Parece que esto va a ir con cuentagotas. Se nota que ponerme ante el teclado no es una de mis preferencias. En fin… tal como prometí en la presentación, voy a pasar a relatar una de mis experiencias personales con la Terapia Regresiva.

LA DULCE POSADERA

Cuando en 2014 salí de mi trabajo en la banca, me decidí a estudiar de nuevo, y sacarme un título más de Terapia Regresiva en Málaga. Las nueve chicas que habíamos quedado a partir de la sexta jornada, debíamos quedar entre nosotras para ir haciendo prácticas.

Como yo ya tenía bastante experiencia, me prestaba para hacer de paciente y que mis compañeras hicieran de terapeutas.

Debo advertir que cuando una persona está bajo hipnosis, cuesta hablar. Las palabras se articulan con dificultad, y se expresa todo con el mínimo esfuerzo, con frases cortas. Es mucho más lo que se siente, que lo que se cuenta. Yo, personalmente, hablo mucho porque tengo facilidad para «ver», pero no es lo habitual. Esto ocurre en 1 caso de cada 20 pacientes.

En esta ocasión, después del ratito de relajación, al preguntarme la compañera dónde estaba, me vi en un camino de tierra, sola, delgada, con apenas un vestido de tela de saco, hambrienta. Era un amanecer y hacía frío.

— ¿Cuántos años tienes?- me preguntó.

— Creo que 16.

— ¿Y a dónde te diriges?

— Pues no lo tengo muy claro, pero creo que estoy en el camino de un pueblo, y espero llegar a él. Voy descalza (sentía profundamente el frío de la tierra bajo mis pies).

— Sigue un poco más adelante.

— Sí. Ya he llegado. Estoy ahora en la plaza de un pueblo. Hay mercado. Ya hace más calor. Hay solecito. La temperatura está mejor. Hay una fuente en el centro de la plaza. Y alrededor de la fuente están los diferentes puestecitos. Las mujeres gritan sus mercancías. Los niños juegan al pilla-pilla y a tirarse agua de la fuente. Una mujer llena un cántaro con agua. Hay mucha alegría y mucha vida. Un herrero martillea un yunque. Yo no estoy acostumbrada al ruido. Se ve que vivía sola, o con algún familiar ya anciano.

— ¿Qué haces después?

— Me fijo en la posada. Hace esquina. Allí debe haber comida. Tengo mucha hambre. Llevo varios días sin comer apenas nada. Sale un olorcito rico, como de chorizo o panceta a la brasa. Ese olor llena toda la plaza. Hay como soldados a caballo que cruzan la plaza despacito, pero nadie se asusta. Se ve que es normal. Me dirijo a la posada.

— ¿Cómo es la posada?

— Toda de madera. Al entrar siento un olor como a grasa añeja mezclada con vino rancio y barricas de madera. Le pregunto al posadero si me daría de comer a cambio de trabajar allí. El posadero es un hombre de unos 35-40 años, casi calvo y con una gran barriga cubierta por un delantal sucio. Me mira de arriba a abajo. No cree que yo pueda trabajar. Estoy demasiado flaca como para acarrear un cántaro de agua, siquiera.

— ¿Entonces, qué haces?

— Se apiada de mí. Me lleva a la planta de arriba, por una escalera de madera que cruje. Hay 3 ó 4 cuartos, muy pequeños, pero suficientes para descansar. Me mete en uno de los cuartos. Está oscuro. Abre las ventanas y se llena de luz. Huele a rancio y a sudor, pero no me importa. Hay una especie de catre con un colchón que parece hecho como de mantas dobladas y otra más cubriéndolo todo. Yo estoy muy agradecida. Por fin podré descansar un poco. Antes de salir, el posadero coge una jarra grande de latón que había junto a una palangana de porcelana, y se la lleva.

«Me asomo a la ventana. Da a un callejón, pero mirando a la izquierda se ve parte de la plaza y se escucha el griterío de la gente. Me siento muy feliz y dichosa. No sé qué espera de mí el posadero, pero parece que quiere darme una oportunidad. No habla mucho, pero parece buena gente. Cuando vuelve, trae la jarra llena de agua y un plato de madera con un trozo de tocino y otro de pan. Lo deja encima de la cama. Y junto a la jarra deja también un retal grande de paño que podría parecer una toalla. Me dice «Lávate, come y descansa. Cuando te despiertes, baja».

— ¿Qué ocurre después?

— Me hincho de dormir. Creo que he dormido todo el día. Bajo ya muy de noche. La posada está llena de hombres sentados en las grandes mesas. Son muy escandalosos. Gritan y beben vino en jarras de latón. Hay pequeñas antorchas o candiles encendidas en las paredes. El posadero va y viene por entre las mesas llevando jarras y cazuelas con trozos de carne y chorizo. Hay una gran hoguera en una chimenea, en una esquina. La puerta se abre y se cierra continuamente, y los hombres entran y salen. Huele muy fuerte, a sudor y a vino. Cuando me ven bajar la escalera, comienzan a gritar y a silbar. Creo que piensan que soy una putilla.

«El posadero me ve y me hace una seña para que me acerque. Me da una bandeja con 4 jarras de vino y me dice que las lleve a la mesa de la ventana. La bandeja pesa mucho, pero yo quiero estar a la altura y me esfuerzo. De camino a la mesa, todos los hombres me tocan el culo o me dan una palmada, pero yo casi no tengo culo, y empiezan las bromas. «¡¡A ver si le das de comer, que la tienes en los huesos!!», grita uno, y todos ríen la gracia. Empiezo a temblar, de frío y de nervios. Sigo llevando el vestido de tela de saco.

«El posadero se da cuenta de mi miedo, y cuando vuelvo a su lado me dice: «Quédate detrás de la barra. Estarás más segura». Me da un delantal cochambroso, y empieza a pedirme «¡Dos jarras y un plato de tocino con pan!». Todo está más o menos a la mano. Él se mueve con agilidad entre las mesas, a pesar de la barriga y los kilos. «Dale la vuelta a las costillas y dame más pan». Él lo va controlando todo, y yo empiezo a cogerle el truco a dónde está cada cosa.

— Sigue un poquito más adelante. Vete al siguiente momento importante.

— Pues… estoy embarazada.

— ¿Cuántos años tienes ahora?

— Creo que 18 o así.

— ¿Y dónde estás?

— Sigo en la posada. El posadero es un buen hombre. Ya me he hecho con los mandos de la cocina y de las barricas. Yo sigo trabajando del mostrador hacia adentro y él lo hace por fuera.

— ¿Os habéis casado?

— Eee… no. No recuerdo boda ninguna, pero sé que mi hijo es de él. Vivimos como una pareja. Yo ya estoy bastante más repuesta, además de la panza, mis brazos y mis piernas dicen que estoy bien alimentada. El posadero me mira con cariño, y si algún tío se mete conmigo, le suelta dos frescas, o lo pone de patitas en la calle. Siempre me ha protegido. No habla mucho, pero sé que me quiere.

«En la posada hay mucho trabajo todos los días. El único descanso es el domingo por la mañana, cuando la gente está en misa. Pero luego los hombres vuelven. Muy arreglados. La mujeres nunca entran, salvo alguna que venga en busca de su marido por algún motivo, pero si no es urgente, mandan a algún niño. Y yo no salgo mucho a la calle. Nos lo traen todo: el pan, las carnes, el vino… Yo solo salgo a la calle para ir a por agua a la fuente, para fregar los cacharros y el suelo.

«Mi vida es tranquila y apacible. Monótona, pero soy muy feliz.

— Pues vete al siguiente momento importante.

— Mi hijo ya ha nacido. Nació allí, en la posada. Ahora debe tener unos 8 meses, y es un niño muy bueno. Él está en una especie de moisés a mi lado mientras trabajo. El posadero está muy orgulloso. En la posada nunca hay descanso. Cuando el bebé tiene hambre, me saco la teta sin pudor y lo acarreo durante un rato a todas partes. Come bien, es muy tragón. Y luego duerme como un bendito en medio de todo el griterío. Parece que no le afecte.

«Alguna vez se quedan viajeros a descansar, pero es poco habitual. Los cuartos de arriba, salvo el nuestro, que está al fondo, están disponibles y limpios.

— ¿Por qué es importante este momento?

— Porque ha venido un viajero. Todo vestido de negro. Alto y gallardo. Se nota que tiene clase y dinero. El posadero ya me deja salir de detrás de la barra. Los hombres, por lo general, me respetan bastante, aunque a alguno se le escapa la mano y me da una torta en el culo. Pero yo ya tengo tablas como para mandarlo a paseo.

«El viajero desconocido me llama mucho la atención. Me siento atraída por él, y el posadero se ha dado cuenta de que le dedico más tiempo que a los demás. Cuando me ve riéndome, le molesta y me llama a gritos para que me ocupe del bebé, o de cortar pan, o de cualquier otra cosa. El hombre viene a menudo y suele pasar 2 ó 3 noches en la posada. Es muy elegante y muy refinado hablando. Creo que se ha enamorado de mí, y a mí me gusta tontear con él. Pero al posadero no le hace ninguna gracia. Me avisa varias veces de que no le gusta que ande coqueteando con los clientes, que nunca he sido una puta, porque él no ha querido, y que le debo un respeto. Yo lo entiendo. Pero cuando viene este hombre, los ojos me hacen chiribitas y yo no puedo evitarlo. Y el posadero lo nota.

«Una tarde en que el caballero está sentado en su mesa y el posadero me ve reir a carcajadas, se acerca por detrás, me coge del moño y me arrastra hasta la fuente. Los hombres salen corriendo detrás de él para ver el espectáculo. Y con el escándalo, la gente de las otras casas salen a la calle o se asoman a las ventanas. El posadero me mete la cabeza en el agua unas cuantas veces, mientras yo intento gritar y escabullirme, pero no puedo.

«Los hombres lo animan con gritos de «¡Así, así… que aprenda quién manda en la posada!», o «¡A esa gallina hay que meterla de nuevo en el corral!», o «¡Así, muy bien, despiértala, que está dormida!». Yo aguanto el chaparrón como puedo. Cuando el posadero cree que he tenido bastante, se mete para dentro seguido de la mayoría de hombres, mientras unos pocos y las mujeres de las ventanas me observan. Yo me levanto con la ropa empapada y el moño desecho, levanto la cabeza con orgullo, y vuelvo a entrar en la posada. En el fondo sabía que algo así podía ocurrir, y me lo merecía. El caballero se ha marchado y no vuelve más.

— ¿Y qué más ocurre?

— Nada. Seguimos adelante como si nada. No hablamos del tema nunca. Nunca hablamos de nada, pero nos llevamos bien. Y yo siempre le estoy muy agradecida por recogerme.

— Muy bien. Pues vete al siguiente momento importante.

— Ha pasado un tiempo. Mi hijo mayor tiene unos 13 años y trabaja en la posada. Tengo otros dos niños más pequeños, de 4 y 5 años, que también hacen lo que pueden. Yo estoy inmensa. Super gorda. Me cuesta moverme entre las mesas. Los hombres me respetan más desde que el posadero me diera la lección, pero aún a alguno se le va la mano. A mí ya no me importa.

— ¿Cuántos años tienes ahora?

— Me suena que unos 30. El posadero está mayor. Ya no tiene las fuerzas que tenía antes, pero lo suplimos bien. Mi hijo mayor se parece mucho a él en el carácter. Tampoco habla mucho, pero tiene más mala leche. Yo choco mucho con él. No entiendo su comportamiento ni sus malos modos, si nunca le ha faltado de nada. Me paso el día gritándole para que trabaje y él me dice que quiere ser soldado.

— ¿Por qué es importante este momento?

— No lo sé… La vida es agradable, aunque mi hijo mayor me amarga un poco. Pero los pequeños lo compensan. Siempre están riendo y jugando.

— Muy bien. Pues vete al siguiente momento importante.

— ¡Fuego! ¡Hay fuego por todas partes! ¡La posada se está quemando! ¡Las llamas alcanzan la segunda planta y el tejado! La gente grita, y colabora con cubos y cántaros de agua que cogen en la fuente.

— ¿Y tus hijos?

— Están todos a salvo. Están conmigo. Intentamos apagar el fuego. Todos mis ahorros están ahí adentro.

— ¿Y el posadero?

— No está. Siento que ya murió

— ¿Cómo murió?

— No sé… de unas fiebres, creo. Pero el incendio es brutal, y podría alcanzar a otros edificios. Todos son de madera. Todo el pueblo se echa a la calle para ayudar a apagar el fuego, y al caer la noche lo conseguimos.

«Todo está negro. Todo es carbón. Hay humo por todas partes. Mis hijos y yo lloramos de los nervios y de ver aquel precioso edificio convertido en ruínas humeantes. Una vecina nos ofrece su cobertizo para pasar la noche, y acepto. Nos trae unas mantas, e intentamos dormir, pero es difícil. Todos tenemos el susto en el cuerpo, y yo además, la preocupación de qué vamos a hacer ahora. Toda mi vida estaba allí. No sabía hacer otra cosa, más que servir jarras de vino, hacer carnes a la brasa y fregar cacharros.

«Unos días más tarde se me acerca un hombre mayor a caballo, y me propone reconstruir la posada. A mí me encantaría. Llevamos días sacando tablones negros, pero no tengo dinero como para hacerlo. El hombre me dice que eso no es problema, y saca una gran bolsa negra llena de monedas. Reconozco la bolsa. Era del caballero. Le pregunto que de quién es ese dinero, y me responde que no importa. Que lo que importa de verdad ahora es reconstruir esa posada. Yo le doy las gracias llorando y acepto.

— Sigue un poco más adelante.

— Sí. Ya se ha terminado la reconstrucción. Todo huele a madera nueva. Las habitaciones de arriba son como más lujosas, tienen cortinas y unas camas más cómodas. Ahora paran carruajes de tanto en tanto, y las señoras entran en la posada a cenar y a descansar. Ya no es raro ver señoras elegantes en la posada. Eso me gusta. Yo sigo gordísima. Además he descubierto que desde que no me lavo, los hombres me respetan más. ¡Qué asco! Mis hijos lo saben y no les importa. Ya están acostumbrados al mal olor. Mi hijo mayor sigue en sus trece. Dice que odia la posada y me odia a mí. Yo le cruzo la cara y le digo que es un desagradecido, que no sabe apreciar lo que tiene porque nunca le ha faltado de nada. Es más alto que yo y delgado. Y dice que se va. Que no me aguanta más y que se lleva el caballo. Mis hijos pequeños se quedan mirando. Yo les digo «No pasa nada. Que se vaya. Más tranquilos nos quedamos. Venga, volvamos al trabajo». Y nos concentramos en el día a día.

— ¿Qué pasa con tu hijo mayor?

— No lo sé. No vuelvo a saber nada más de él. Lo echo de menos pero reconozco que todos vivimos más tranquilos desde que se fue. El ambiente en la posada es más alegre y festivo. Mis pequeños ya son más mayores. Tienen ahora unos veinte o veintialgo. Sus novias también trabajan conmigo en la posada. Ahora ellas trabajan detrás del mostrador, y mis hijos y yo por fuera. Las chicas parecen extranjeras, son muy rubias y muy guapas. Creo que también son hermanas y apenas hablan nuestro idioma. Hablan mucho entre ellas, pero se las ve felices, y mis hijos también lo son. A la gente del pueblo le gusta entrar y comer. Ahora se come muy bien. Además de las carnes a la brasa, a mis nueras se les dan muy bien los guisos. También hay más variedad de fruta y verduras. La posada huele siempre a comida rica y a vino.

— Sigue un poco más adelante.

— Mmmm… Ahora soy mayor. Tengo unos 52 años, creo. Vivo en la misma habitación donde descansé el primer día. Estoy muy delgada.

— ¿Qué ha pasado?

— No sé, estoy muy débil y muy cansada. Creo que pasé unas fiebres, y desde entonces no soy la misma. Mi cuerpo está irreconocible. Pero me siento feliz y agradecida. Ya no puedo asomarme por la ventana, pero recuerdo perfectamente las vistas al callejón, los tejados de las casas y la plaza. ¡Y mis nietos vienen a verme! (Lloro al sentir la emoción de ver entrar corriendo a tres pequeños muy rubios de entre cuatro y seis años). Entran en la habitación corriendo y gritando como un vendaval de aire fresco, y a mí me llenan de alegría. No hablo. Creo que he perdido la capacidad de hablar. Pero los abrazo y los achucho a todos.

«Los quiero mucho. (Lloro). Madre mía, ¡creo que los quiero más de lo que quise a mis propios hijos! ¿Cómo es posible? Se me llena el alma de alegría cuando los veo entrar con tanta vida, y contándome sus cosas… Mis nueras llegan detrás. Una trae una bandeja con comida y la otra la ropa limpia para la cama. Son muy amables y cariñosas. Una de ellas vuelve a estar embarazada. Está preciosa. Hablan sobre todo entre ellas y con los niños, pero me tratan con cariño, me lavan, me alimentan y me tienen muy bien cuidada y perfumada. Creo que nunca había estado tan bien arregladita. (Lloro) Se lo agradezco tanto… Les sonrío continuamente para expresarles lo agradecida que me siento. Me encanta el olor a ropa recién planchada. Toda la posada está más limpia desde que se encargan ellas. Mis hijos vienen poco a verme. No me importa. Yo sé que acaban tarde y muy cansados. Creen que estoy dormida y no quieren molestar. Pero yo les escucho. La posada va muy bien. No es un trabajo fácil, pero lo hacen con cariño. Y la relación con las muchachas es muy buena. Los niños ya empiezan a ayudar también y cada día es una aventura. La posada está en buenas manos. Me siento muy feliz. Inmensamente feliz. (Lloro) El dinero ya se devolvió. Ya no hay deudas.

«Mis días se pasan en la habitación, escuchando los ruidos de la calle y de la posada. Oyendo a la gente discutir y reír. Las noches son agradables. En verano duermo con la ventana abierta de par en par. Todos duermen ya. Hay luna llena. Entra el olor de la dama de noche y se mezcla con los aromas de la posada. Oigo un perro ladrar en algún patio, y el canto de los grillos. Soy muy feliz. Todo es perfecto. Creo que ha llegado el momento de irme. Quiero que mis nueras me encuentren mañana sonriendo, y me esfuerzo por mantener mi sonrisa en la cara mientras siento que me elevo.

«Veo mi cuerpo desde arriba, mi pelo largo y blanco, brillando. Mi camisón blanco y limpio, como las sábanas. Me voy hacia la ventana, y me asomo por fin una ultima vez. Veo el trocito de la plaza, pero salgo y me elevo, y veo la plaza al completo. Casi a oscuras, solo con la luz de la luna. El sonido de la fuente. Me sigo elevando y veo las casitas y los callejones. Llegué a este pueblo sin nada, y me voy con el corazón lleno de paz y de alegría. Les deseo a todos lo mejor del mundo. (Sigo llorando de gratitud con el corazón inundado de amor) Me sigo elevando mientras escucho el ladrido de algunos perros. Parece que se despiden. La luna brilla sobre los campos y los árboles. Veo unas montañas a lo lejos. Y hay un río.

«¡Es precioso! Nunca lo había visto. Pasa cerca del pueblo, pero nunca lo había visto. Es maravilloso contemplar el reflejo de la luna en el agua del río. Está todo precioso. (Lloro de alegría) Nunca salí de la posada. Nunca lo necesité. Mi vida entera estaba allí dentro. Trabajé muy duro, pero fue una vida preciosa. Siempre al servicio de los demás. Pero me perdí las maravillas de la tierra y este maravilloso río que contemplo ahora por primera vez. No me importa. Me voy muy feliz. Con el corazón muy lleno…

— ¿Cómo es tu cuerpo ahora?

— No tengo cuerpo. Puedo ver, como si tuviera ojos, pero no veo mis manos ni mis pies. Soy transparente. Tampoco puedo ver a nadie, pero sé que no estoy sola. Hay más seres como yo en mi mismo camino. Vamos ascendiendo y yo voy disfrutando de todos los paisajes. Siento gente triste y otros contentos. Yo soy inmensamente feliz y tengo la sensación de irme habiendo hecho todo lo que tenía que hacer. Es una sensación maravillosa. He sido muy feliz, y sé que mis hijos y mis nueras también serán felices, ahora que me he ido. A lo mejor lo pasarán mal unos días, pero después todo volverá a la rutina de la vida en la posada. Soy muy, muy feliz. Esta sensación no tiene punto de comparación con nada que haya sentido antes. Es una mezcla de paz, alegría, amor, plenitud (como la sensación de haber hecho todos los deberes), orgullo por mis hijos y mis nietos, y orgullo por lo que hemos sido capaces de crear entre todos. Me voy inmensamente feliz.

— ¿Vuelves a ver a algún conocido?

— Sí. Llego como a un lugar donde se reúnen las almas. Es todo blanco, y puedo reconocer a mi hijo mayor. Está igual de joven que cuando se marchó. Me reconoce y se acerca contento. No sé por qué ahora puedo ver los «cuerpos» de los otros seres. Me abrazo a él con alegría. Le pregunto por su vida, y me cuenta que duró poco fuera de la posada. Apenas unas semanas después de salir, lo asaltaron unos bandidos para robarle la bolsa y el caballo. Lo dejaron malherido en el camino y murió al anochecer. Lo siento mucho por él. Siempre pensé que había conseguido hacerse soldado como él quería. Pero lo veo feliz. Él no está preocupado ni enfadado con nadie.

— Muy bien. Pues vamos a dejarlo aquí, porque ya es muy tarde. Despídete del que fue tu hijo con cariño, y ve despertando poco a poco.

— Sí. Está todo bien. Él es mi hija mayor de esta vida. La reconozco.

— Qué bien. Pues respira profundamente, y abre los ojos cuando estés preparada.

Al abrir los ojos me siento como en una nube. Llena de alegría, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón rebosante de gratitud por todo y por todos. Y añoranza. Mucha añoranza de aquella vida entre toneles, brasas y vecinos.

Publicado por Natividad Castejón

Nací en Barcelona en 1966, y con 26 años me mudé a Málaga. Aunque la mayor parte de mi vida profesional se ha desarrollado dentro del ámbito bancario, a los 37 años descubrí el mundo de la hipnosis que tanto me había fascinado desde pequeña. Así que en un momento determinado de mi vida, decidí dar el salto. Desde entonces he podido atender y ayudar a cientos de pacientes. También he escrito varios artículos que publico en un periódico digital local, fruto de mis experiencias con las sesiones, o bien de mi propio crecimiento personal. A través de esta página me gustaría llegar a más personas, y mandarles desde aquí un mensaje de esperanza, ya que las soluciones a esos problemas que ahora nos agobian, existen; y en la inmensa mayoría de las ocasiones se trata únicamente de TOMAR DECISIONES, por muy duras que parezcan en un principio. Gracias por estar ahí.

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